Noticias – Adventistas

Valdeci Júnior

Valdeci Júnior

Reavivamiento y Reforma

La espiritualidad que lleva a la práctica

Perjuicio a la misión

Visiones y discursos que reinterpretan la Biblia equivocadamente pueden desviar a las personas del verdadero propósito de la iglesia (Foto: Shutterstock)

“Pastor, ¿vamos a traer al predicador itinerante ‘fulano de tal’ para tener un fin de semana con Dios en nuestra iglesia?”. “Mire, pastor, este escritor de libros aquí es nuestro hermano en Cristo y habla sobre algunas verdades que la iglesia no tiene la valentía de decir”. “Pastor, ¿qué piensa de este youtuber? Mírelo aquí en mi celular”.

Estos desafíos ministeriales actuales nos muestran que personas intentando reformar o reavivar la iglesia se están viendo como nunca antes. Está claro que el dinamismo actual de la comunicación puede beneficiar mucho la predicación del evangelio y el fortalecimiento eclesiástico. Mientras tanto, la sociedad de la información ha dado, además, la oportunidad para que pseudoreformadores y reavivamentistas no solo se autoproclamen, sino que también influencien a otros para causar perjuicio al cuerpo de Cristo.

Esta multiplicación de falsos intentos de reavivamientos y reformas termina debilitando a la comunidad de los creyentes y dando un mal testimonio. Mirar algunas referencias bíblicas puede ayudar al cristiano a identificar y a saber cómo portarse ante reavivamientos falsos y verdaderos en la actualidad. [1]

Cuando Dios escribió los Diez Mandamientos en tablas de piedra y se los entregó a Moisés, ocurrieron los dos tipos de reavivamiento (Éxo. 32). Una parte del pueblo, bajo el liderazgo de Aarón, se extasió en una adoración, solo placentera para ellos, que se vio como apóstata y desastrosa; y la otra se juntó a Moisés para una consagración y reforma restauradora, que les exigió sacrificios.

Note el contraste de las posturas de estos dos influenciadores espirituales. Aarón culpa a la congregación, como si él no hubiese formado parte de la misma (v. 22-24). Moisés se incluye en el pueblo y se identifica tanto con él hasta el punto de considerar que su propio nombre sea raído del libro de la vida, ya que el pueblo se encontraba en pecado (v. 32). “Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón” (Heb. 11:24-26).

Señales de alerta

Una tendencia del falso reformador es decir que la iglesia tiene un problema, dejando implícito que ese problema no le pertenece. Esto se ve en la iglesia local, en las conversaciones entre los hermanos, en las redes sociales e incluso, hasta en los púlpitos. Son personas que buscan influenciar a otros usando el nombre de Dios, el rito religioso, la palabra y la confianza en su propia justicia (Luc. 18:9-12), despreciando a los que, tal vez por no ser tan hipócritas, terminan siendo más expuestos en su autenticidad (Prov. 28:13).

Los reformadores que no provienen de Dios suelen siempre parecer dueños de la verdad y más entendidos y dignos que los demás hermanos. Usted no necesita señalarlos con el dedo, pero en su comprensión usted puede identificarlos. Cuando Jesús comentó que no todos esos predicadores religiosos son parte del reino de los cielos, dejó el consejo: “por sus frutos los conoceréis” (Mat. 7:20).

En esa misma clase, Cristo da tres consejos claros para identificar a un reformador auténtico:

  1. Se limita a fundamentarse en la Sagradas Escrituras;
  2. Tiene una vida irreprensible y compatible con tal fundamentación;
  3. Su ministerio – aquello que él vive – tiene una duración benéfica muy larga (Mat. 7:20-27).

Y lo más increíble es que el verdadero adorador, aun cargando consigo esas virtudes, no se apoya en ellas (Prov. 3:5). ¡Por el contrario! La reforma que Daniel buscó y provocó era tan auténtica que, en una sola oración, aquel santo asumió los pecados de los otros hermanos como suyos más de veinte veces, legándonos la mayor y más vivificante profecía de todos los tiempos (Dan. 9). Cristo dejó claro que el creyente que se quedó a lo lejos no osaba mirar hacia el cielo, sino que golpeándose el pecho decía: “Dios, sé propicio a mí, pecador”. Este era el que estaba justificado ante Dios (Luc. 18:13-14).

Foco en el mensaje bíblico

Dios no necesita justicieros (Sant. 1:20), tampoco supuestos/as ministros/as que se autodenominados (Heb. 5:4). En una iglesia local, cuando un miembro me busca diciendo que la iglesia está llena de problemas, yo le pregunto inmediatamente: “¿Es así, hermano? ¿Cuál es su problema?”. Y cuando me mira asustado, le explico: “Es que usted me dice que ‘la iglesia está con problemas’, y usted es la iglesia. Entonces, ¿puedo ayudarlo?”.

Generalmente, la persona dirá: “No, pastor, no es mío. Es de otras personas que también son iglesia”. En este punto, la conversación entra en la posibilidad de terminar de una forma muy buena: “Bien, hermano. Si una parte de nosotros tiene un problema, y usted no tiene ninguno, usted es la solución. Ni necesita contarme lo que es. Cuénteme lo que usted hará o está haciendo para solucionarlo”. De Juan 8:7 podemos ir a Mateo 18:15. La persona que tiene una preocupación realmente divina para con un problema en la iglesia no sale hablando “del” problema; ella habla “con” el problema. Cristo necesita de bálsamos (Luc. 10:25-37).

Pero aunque alguien promueva supuestas noticias diferentes de aquellas que los apóstoles ya nos predicaron, ¡que sea denunciado y reprobado! Vamos a parafrasear para que quede bien enfatizado: si algún caza-clics está publicando o compartiendo supuestas novedades diferentes de aquellas que usted tiene en la Biblia, ¡que sea ignorado y bloqueado! (Gál. 1:8-9).

¿Sabe por qué? Es porque “muchos engañadores han salido por el mundo”. ¡Es el diablo mismo! Así que, tengamos cuidado de no destruir el fruto del trabajo de la iglesia. “Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis ‘¡Bienvenido!’. Porque el que le dice: ‘¡Bienvenido!’ participa en sus malas obras” (2 Juan 9-11). Solo extiéndale la gracia, pues es una parte del cuerpo de Cristo que está tan herida como la parte a la cual señala.


Referencias:

[1]  Alberto Timm durante la presentación realizada el día 25/11/2018 a los delegados de la IV Asamblea  Cuadrienal  de la  Asociación Central Sur Riograndense de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en Porto Alegre.

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