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Paulo Rabello

Paulo Rabello

Misión II

Hasta donde van personas que se colocan en las manos de Dios para servir en la misión de predicar el evangelio

Repensando la misión

Foto: Paulo Rabello

Hace casi dos años que estoy estudiando árabe, y ya pasé por lo menos por quince profesores diferentes. Todo porque en el idioma árabe, la pronunciación, el acento y el vocabulario varían no solo de país en país, sino también de una región a otra dentro de un mismo país. Así, cuanto mayor es el número de profesores, mayores también son las chances de conocer diferentes expresiones y culturas; en fin, el aprendizaje se enriquece más.

Con todos los profesores, sin excepción, una pregunta fue siempre recurrente en nuestros momentos introductorios: “¿Qué está haciendo usted aquí en Oriente Medio?” Mi respuesta siempre fue la más objetiva posible: “Soy pastor de la Iglesia Adventista del Séptimo Día y vine para cuidar de dos iglesias aquí”. Entonces una profesora musulmana (Anwar), colocándome contra la pared, me preguntó a quemarropa: ¿Entonces usted está aquí para convertir musulmanes? La pregunta sonó un tanto capciosa, pero respondí con una naturalidad que la sorprendió: “No, porque no es eso lo que Dios espera de mí”. Ella se quedó visiblemente sorprendida con mi respuesta y su expresión facial dejaba claro que ella quería saber más sobre el asunto.

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Por mucho tiempo, Anwar había oído de sus alumnos (cristianos) que el deber de todo discípulo de Jesús es llevar a los de afuera hacia dentro de la iglesia. En la percepción de ellos eso es predicar el evangelio o alcanzar a los “perdidos”. Pero, ¿será que esa es realmente la voluntad de Dios? ¿Será que él quiere realmente solo llevar a las personas del Islam, o del Budismo, etc. hacia dentro de la iglesia? Al mirar las Escrituras, del principio al fin, vemos claramente que el objetivo de Dios siempre fue salvar personas. Llevarlas de las tinieblas a la luz. Reintegrar hijos pródigos al seno de la familia divina. Transformar ciudadanos del mundo en ciudadanos del Reino. Y en ese proceso de salvación Jesús comisionó a sus seguidores (discípulos) para ser sus ayudantes sirviendo como testigos.

La responsabilidad atribuida a cada uno es representar el carácter divino y demostrar a través de nuestra vida quién es él y cuál es su voluntad. Por eso, se nos llama “cristianos”. Como “pequeños Cristos” fuimos llamados a vivir como él vivió, andar como él anduvo, amar como él amó. Nuestro propósito de vida, una vez que lo conocemos y lo aceptamos como Señor y Salvador es, entonces, representarlo en todo lo que hacemos aquí en la Tierra. Y nuestro blanco supremo es llevar a quienes están a nuestro alrededor a estar más cerca de él y permitir que él transforme la vida de las personas ya sea dentro de la iglesia o fuera de ella. En algunos lugares y circunstancias, cambiar de iglesia o de religión puede significar, inclusive, la imposibilidad de testificar.

En ningún momento vemos en las Escrituras que Jesús llama a las personas hacia dentro de la “iglesia” (o del templo). Basta una lectura rápida de los evangelios para ver que había serios problemas con la “iglesia” y sus líderes de la época. Muchos todavía hoy creen en la falsa idea de que basta estar dentro de la iglesia para estar en mejores condiciones que aquellos que están afuera. La idea básica es: venga a la iglesia, sea como “yo soy”, y entonces estará salvo. Le expliqué a mi profesora que a lo largo de la historia Dios siempre envió mensajeros (profetas) para mostrar a la humanidad cuál es el mejor camino para conocerlo. Que Dios siempre quiso cambiar la condición de las personas, hacer que cada individuo llegue a ser más semejante a él y no a mí. Y es exactamente aquí donde está el problema. Como cada ser humano es diferente al otro, muchos entienden que los “de afuera” deben entonces ser iguales a los “de adentro” para acercarse a Dios. De manera equivocada creen que solo al seguir su ejemplo humano de cristianismo y espiritualidad, encontrarán a Dios. Que todos los que no se parecen a él están no solo equivocados, sino también perdidos.

Finalmente, después de una buena conversación, Anwar entendió  que mi misión como discípulo de Jesús no es convertir musulmanes ni traerlos a la iglesia, especialmente aquí en ese contexto donde eso trae riesgos para todos. El plan divino es hacer que cada criatura se torne cada vez más cercana de su Creador, y mi papel como cristiano es ayudar a las personas en esa jornada hacia el Reino de Dios, y no solo hacia dentro de la iglesia. Dios, entonces, terminará la obra en la vida de los que lo buscan de todo corazón.

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