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Juan Martín Vives

Juan Martín Vives

Fe, razón y libertad

Un enfoque bíblico-cristiano sobre la libertad de conciencia

Leyes anti-blasfemia: peor el remedio que la enfermedad

Imagen: shutterstock

Un joven fue condenado en España por blasfemar. No, no es una historia de la Edad Media. Tampoco es que se haya restablecido el Tribunal de la Inquisición. Ocurrió hace pocos días y fue una corte criminal la que comprobó el delito: el joven posteó en Instagram un meme con una foto suya parodiando una famosa imagen de Cristo. El Observatorio de la Libertad Religiosa explica que la denuncia fue presentada por una hermandad religiosa cuyos miembros se sintieron ofendidos, y que el fiscal sostuvo que el meme demostraba un “manifiesto desprecio y mofa hacia la cofradía con propósito de ofender”.

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La prohibición es una reacción muy común a las expresiones injuriantes u ofensivas contra la religión. Todos habrán recibido cadenas por las redes sociales pidiendo a los cristianos que se movilicen para lograr que se prohíba la exhibición de una obra de arte, una presentación teatral o una película que aborde temas religiosos de forma blasfema. A veces la obra ni siquiera existe (como aquella supuesta película de 2015 que injuria a Jesús), pero la frecuencia y el éxito de estos bulos demuestran la reacción de muchos cuando se sienten ofendidos en sus creencias. Basta recordar los casos de la película “La última tentación de Cristo” y de las caricaturas de Mahoma en la prensa danesa.

Sorprendentemente, aún al día de hoy uno de cada cuatro países del mundo tiene leyes que, con el fin de proteger los sentimientos de las personas de fe, castigan las críticas hacia ciertos dogmas, figuras o líderes religiosos. No dejen pasar el detalle: no se pretende evitar las injurias contra una persona (“Juan es un tonto”), sino que esa persona no se sienta ofendida porque sus creencias son criticadas (“La religión de Juan es una tontería”).

Como personas de fe, es evidente que un agravio a lo que creemos -en especial si se trata de burlas a lo que consideramos sagrado-, nos resultará desagradable. Pero, ¿existe el derecho a no ser ofendido en los propios sentimientos religiosos? ¿Es esto parte del derecho a la libertad religiosa?

Yo creo que no. Por el contrario, los derechos de libertad religiosa y de libertad de expresión son inseparables. Lo que sí garantiza la libertad religiosa es la posibilidad de adoptar, cambiar o abandonar libremente la propia religión. Evidentemente, para que las personas puedan ejercer ese derecho tiene que haber un espacio de libre discusión sobre los dogmas religiosos. Esto implica necesariamente el desacuerdo, la objeción y hasta la crítica frente a las convicciones ajenas. Eso es justo lo que las leyes anti-blasfemia intentan evitar. Para muestra alcanza un botón: en Etiopía, un líder evangélico acaba de ser enviado a prisión por tener una discusión teológica con miembros de la Iglesia Ortodoxa de ese país. El juez dijo que el reo había causado “un atropello a la paz y los sentimientos religiosos.”

Aunque las hay incluso en países democráticos como España, Irlanda y Canadá, las leyes anti-blasfemia son más propias de los regímenes autocráticos, aquellos en que la libertad de expresión y la libertad religiosa están limitadas, y donde el Estado apoya con la fuerza pública a una determinada religión. Es habitual que vayan acompañadas de leyes anti-conversión, que básicamente prohíben cambiar de religión. La relación es evidente: una de las formas más eficaces de evitar que la gente modifique sus creencias es impedir que escuchen ideas que las desafíen o contradigan.

Es importante entender que las leyes anti-blasfemia no protegen la libertad religiosa. A la inversa, el resultado de su aplicación es una fuerte limitación a esa libertad, en especial para las minorías religiosas. Por eso creo que hay que preservar la libertad de expresión, aunque esto signifique soportar ciertos exabruptos. Desde luego, esto no implica que sean aceptables las expresiones destinadas a menospreciar a las personas, ni las incitaciones al odio y a la violencia. En todos los países existen leyes específicas para castigar esos delitos.

No me entiendan mal. Despreciar o faltar el respeto a las creencias de otro me parece lamentable, de mal gusto e innecesario, sobre todo cuando se blasfema solo para ofender o para generar controversias. Los provocadores deberían recordar que la libertad de expresión es un derecho precioso que como sociedad protegemos con el objetivo de que todos podamos compartir nuestras ideas, sentimientos y opiniones. Una cosa es que no pueda garantizarse que nadie vaya a sentirse ofendido, y otra muy distinta es que ofender sea el objetivo de la expresión.

De cualquier modo, la próxima vez que nos sintamos ofendidos y nos parezca buena idea prohibir a los demás que digan o hagan algo que nos agravie en nuestras creencias, recordemos que ese es el precio a pagar para que tengamos derecho a decir lo que nosotros pensamos sobre las creencias (religiosas o no) de los demás. Ese es un derecho que seguramente ninguno de nosotros querrá poner en riesgo.

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