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Josanan Barros

Josanan Barros

Primero Dios

Historias y pruebas de fidelidad a Dios en todos los momentos y circunstancias de la vida

El ayuno que agrada a Dios

Qué enseña la Biblia y el Espíritu de Profecía para que nuestro ayuno sea verdadero y produzca resultados. (Imagen: Shutterstock)

Desde los tiempos antiguos hasta hoy, el ayuno forma una parte esencial de la práctica de algunas religiones orientales. Los musulmanes, por ejemplo, observan estrictamente el ayuno de Ramadán (el mes noveno del calendario islámico). Todos los días de ese mes, desde la salida hasta la puesta del sol está prohibido comer, beber, bañarse, oler a perfumes o cualquier otra forma de alegría carnal. Existen algunas excepciones, pero el musulmán que no lo observa debe compensar esa omisión ayunando una cantidad equivalente de días en otro momento del año.

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Para los judíos de los tiempos bíblicos, las tres grandes obligaciones de la vida religiosa eran la oración, la limosna, y nuevamente aquí, el ayuno. Por más elevado que fuera el ideal de esa práctica, el judío que ayunaba corría el serio riesgo de hacerlo con la intención de mostrar a otros una disciplina de devoción superior. Observe: el ayuno se realizaba el lunes y el jueves. Esos eran también los días de mercado, cuando todas las villas y ciudades, inclusive Jerusalén, recibían multitudes de personas provenientes del campo. Entonces, era la oportunidad perfecta para “ostentar” piedad a un público numeroso. Era común ver a personas caminando por las calles con los cabellos desordenados, con la ropa sucia y rasgada y hasta con el rostro cubierto de polvo blanco para parecer pálidas; todo eso hecho de manera deliberada, para que todos a su alrededor admiraran su religiosidad.

Definitivamente, ese no era un acto de humildad, sino de orgullo y vanidad espiritual. Lo que debía ser una acción dirigida a Dios terminaba enfocando a los hombres. Sin embargo, el verdadero ayuno que Dios enseñó no incluye esas prácticas, ni tiene como objetivo un reconocimiento por parte de otras personas. Jesús mismo afirmó: “Cuando ayunéis, no seáis austeros, como los hipócritas; porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo que ya tienen su recompensa.  Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público” (Mateo 6:16-18). Comentando ese texto, Martín Lutero afirmó: “Cristo no tenía la intención de despreciar ni rechazar el ayuno; su intención era restaurar el ayuno correcto”.

Los propósitos del ayuno en la Biblia

En los tiempos bíblicos el ayuno siempre tenía un propósito. En algunos casos era un acto de penitencia nacional, como cuando todo el pueblo judío ayunó después del desastre de la guerra civil contra Benjamín (Jueces 20:26), o cuando Samuel hizo ayunar al pueblo por haberse apartado de Dios y seguido a Baal (1 Samuel 7:6), o cuando Nehemías hizo que el pueblo ayunara y confesara sus pecados (Nehemías 9:1). En esas ocasiones, el ayuno fue una manifestación de arrepentimiento y rendición a Dios. “El espíritu del ayuno y la oración verdaderos es el espíritu que entrega la mente, el corazón y la voluntad a Dios” (Elena de White, Consejos sobre el régimen alimenticio, p. 224).

En otros momentos, el ayuno fue usado como preparación para un encuentro con Dios. Moisés en el monte Sinaí ayunó durante cuarenta días y cuarenta noches (Éxodo 24:18); Daniel ayunó mientras esperaba recibir la palabra de Dios (Daniel 9:3); el propio Jesús ayunó mientras esperaba la prueba de la tentación (Mateo 4:2). El principio aquí es el de someter el cuerpo a una disciplina para mantener la mente más despierta y alerta. El foco de los pensamientos pasa de la comida física al alimento espiritual. “El ayuno verdadero, que debiera recomendarse a todos, es abstinencia de todo alimento estimulante, y el debido consumo de alimentos sencillos que Dios ha provisto en abundancia. Los hombres debieran pensar menos acerca de lo que beberán y comerán del alimento temporal y dar más importancia al alimento del cielo que los tonificará y vitalizará en toda su experiencia religiosa” (ibíd., p. 223).

Los beneficios del ayuno

… para la salud

La realidad es que algunos de nosotros vivimos para comer y no comemos para vivir. En este sentido, practicar algún tipo de ayuno periódicamente es un remedio excelente para muchos de los males que nos afligen. “La intemperancia en el comer es a menudo causa de enfermedad, y lo que más necesita la naturaleza es ser aliviada de la carga inoportuna que se le impuso. En muchos casos de enfermedad, el mejor remedio para el paciente es un corto ayuno, que omita una o dos comidas, para que descansen los órganos rendidos por el trabajo de la digestión. Muchas veces el seguir durante algunos días una dieta de frutas ha proporcionado gran alivio a personas que trabajaban intelectualmente” (ibíd., p. 224).

para nuestra disciplina

Nuestra tendencia es satisfacer todos nuestros impulsos. Muchos hasta somos esclavos de algún hábito y consideramos imposible superarlo. Desarrollamos tanta ansiedad por ciertas cosas que llegamos a depender de ellas. Al ayunar, comprendemos que podemos, por la gracia y la ayuda de Dios, ser más fuertes que nuestros deseos y ser señores de nuestros placeres, y no lo contrario. “Cuando Cristo se veía más fieramente asediado por la tentación, no comía. Se entregaba a Dios y gracias a su ferviente oración y perfecta sumisión a la voluntad de su Padre salía vencedor. Sobre todos los demás cristianos profesos, debieran los que profesan la verdad para estos últimos días imitar a su gran Ejemplo en lo que a la oración se refiere” (ibíd., p. 220).

… para nuestro crecimiento espiritual

Dios obra en nosotros y nos ayuda cuando demostramos el deseo ardiente de profundizar en las cosas espirituales y hacer su voluntad. “Ciertos puntos difíciles de la verdad presente han sido aprehendidos por los fervientes esfuerzos de unos pocos que se consagraban a la obra. El ayuno y la oración ferviente a Dios han movido al Señor a abrir sus tesoros de verdad a su entendimiento” (ibíd., 221).

Dificultades para ayunar

Para algunas personas, su cuadro clínico exige un seguimiento médico antes de realizar un ayuno, y en otros casos se desaconseja o prohíbe esta práctica (como a las gestantes y personas con problemas crónicos de salud). Pero, aun en esas circunstancias, es posible hacer un ayuno consumiendo alimentos de manera frugal, siguiendo orientaciones médicas.

Por otro lado, ayunar es algo muy difícil y penoso para algunas personas. Una de las razones es el hábito de comer libremente. Si usted no está habituado al ayuno, probablemente sentirá puntadas de hambre o debilidad antes de terminar el período de abstención. Durante años, su estómago estuvo condicionado a emitir señales de hambre en momentos determinados; en cierta forma, se comporta como un niño mimado, y los niños mimados no necesitan atención inmediata, sino disciplina.

“Las personas que han complacido su apetito, comiendo carne en abundancia, y salsas muy sazonadas acompañadas de pasteles y conservas excitantes, no pueden inmediatamente apreciar un régimen sencillo, sano y nutritivo. Su gusto está tan pervertido que no les apetece una dieta sana compuesta de frutas, pan sencillo y verduras. No pueden pretender que hallarán agrado al principio en una alimentación tan diferente de aquélla, a cuyo gusto estaban acostumbrados. Si al principio no les agradan los alimentos sencillos debieran ayunar hasta que logren su objeto. Ese ayuno les resultará de mayor beneficio que la medicina, porque el estómago maltratado encontrará que el descanso que le era tan necesario y un hambre verdadera pueden ser satisfechos con un régimen sencillo” (ibíd., p. 225).

El ayuno sin resultados

Algunas personas ayunan, pero no ven ningún efecto por no estar haciéndolo de manera correcta. La Biblia es clara al describir la esencia del verdadero ayuno, el que agrada a Dios:

“[…] ¿Por qué, dicen, ayunamos, y no hiciste caso, humillamos nuestras almas, y no te diste por entendido? He aquí que en el día de vuestro ayuno buscáis vuestro propio gusto, y oprimís a todos vuestros trabajadores.  He aquí que para contiendas y debates ayunáis y para herir con el puño inicuamente; no ayunéis como hoy, para que vuestra voz sea oída en lo alto. ¿Es tal el ayuno que yo escogí, que de día aflija el hombre su alma, que incline su cabeza como junco, y haga cama de cilicio y de ceniza? ¿Llamaréis esto ayuno, y día agradable a Jehová? ¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa, que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano? Entonces, nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto; e irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia. Entonces invocarás, y te oirá Jehová; clamarás, y dirá él: Heme aquí. Si quitares de en medio de ti el yugo, el dedo amenazador, y el hablar vanidad” (Isaías 58:2-9).

Sí, en el tema del ayuno se nos presentan promesas divinas, pero también se incluyen responsabilidades. El no cumplimiento de los deberes de la vida cristiana nos hace perder el objetivo de las disciplinas espirituales, y como consecuencia, la bendición de Dios que las acompaña. Si no vemos nuestra luz irrumpir como el amanecer, nuestra cura brotar, o no sentimos la gloria del Señor a nuestra retaguardia durante el ayuno, es muy probable que no estemos haciendo nuestra parte en el cumplimiento de la promesa.

En este sentido, Elena de White cita un hecho histórico interesante: “Cuando el clero escocés pidió a Lord Palmerston, primer ministro inglés, que decretara un día de ayuno y oración para detener el cólera, él replicó, en efecto: “Limpiad y desinfectad vuestras calles y casas, promoved la limpieza y la salud entre los pobres, y tratad de que estén abundantemente suplidos con alimentos buenos y vestidos, y emplead en forma generalizada medidas sanitarias correctas, y no tendréis ocasión de ayunar y orar. Tampoco oirá el Señor vuestras oraciones mientras estas medidas preventivas no sean usadas” (La edificación del carácter, p. 28).

Finalmente, necesitamos comprender la necesidad y la urgencia que tenemos de un ayuno. Vivimos tiempos difíciles, cuando nos falta fuerza y sabiduría divinas para enfrentar las pruebas. “Entonces vinieron a él los discípulos de Juan, diciendo: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos muchas veces, y tus discípulos no ayunan? Jesús les dijo: ¿Acaso pueden los que están de bodas tener luto entre tanto que el esposo está con ellos? Pero vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces ayunarán” (Mateo 9:14, 15).

 

 

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