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Helio Carnassale

Helio Carnassale

Manteniendo la visión

Teólogo, y magíster en Ciencia de las Religiones por la Universidad Metodista de São Paulo, Brasil. Fue pastor de iglesias y fue orador de la Voz de la Profecía. Trabajó en la Casa Publicadora Brasileña, Superbom, Unasp y desde 2015 es el director de Libertad Religiosa y Espíritu de Profecía de la sede sudamericana adventista.

El don profético en el Nuevo Testamento

Imagen: Juan el Bautista durante el bautismo de Jesús. En el Nuevo Testamento, los dos son vistos y se refieren a ellos como profetas (Foto: Reproducción / The Bible)

La Palabra profeta o profetisa aparece 160 veces en el Nuevo Testamento (NT), 93 en los Evangelios y 34 en el libro de Hechos. La mayoría de las veces, esas citas son referencias a los profetas del Antiguo Testamento (AT); pocas veces se usaron para personas que vivían en los tiempos del NT.

De esas encontramos:

Zacarías, “fue lleno del Espíritu Santo, y profetizó” (Lucas 1:67).

Ana, la profetisa “hablaba del niño a todos los que esperaban la redención” (Lucas 2:36-38).

Juan el Bautista, el único profeta bíblico de quien se afirma haber sido lleno del Espíritu Santo desde el vientre (Lucas 1:15). Otros fueron llamados y elegidos desde el vientre, como Jeremías (1:15), pero de ninguno se dice haber recibido el Espíritu Santo desde esa etapa. Juan está en una categoría aparte. Él no solo fue el precursor del Mesías (Mateo 3:1-3), sino también el profeta esperado, el Elías prometido, así reconocido por Jesús; que también afirmó que él era el mayor nacido de mujer (Mateo 11:11-14).

Jesús, a quien se atribuye el título de profeta aproximadamente 20 veces. En la mayoría de esos casos, las personas lo consideraban así (Mateo 21:11; Lucas 24:19). En Marcos 6:4 y Lucas 4:24, el Señor se refirió a sí mismo como profeta.

Fuera de los Evangelios encontramos pocos profetas. Solo ocho se mencionan por nombre, siete de la Iglesia de Antioquía: Bernabé, Simón, Lucio, Manaén y Saulo (Hechos 13:1); Judas y Silas (Hechos 15:32); y después de ellos, solo se menciona por nombre un profeta más: Agabo, de Judea (Hechos 21:10).

Se pueden agregar todavía a esa lista restringida “algunos profetas que eran de Jerusalén” (Hechos 11:27); los doce que fueron bautizados en Éfeso y que de acuerdo con Lucas, hablaron en lenguas y profetizaron (Hechos 19:6), y las cuatro hijas de Felipe (Hechos 21:8). Por la naturaleza del consejo de Pablo a los corintios, puede ser que hubiera profetas en Corinto (1 Corintios 14:29-32).  Y finalmente, Juan, el discípulo amado, llegó a ser el gran profeta del NT (Apocalipsis 1:1-3; 19:10 y 22:8, 9).

Es interesante notar que el apóstol Pablo incluyó el don de profecía en las tres listas de los dones proféticos que aparecen en el NT (Romanos 12:6; 1 Corintios 12:10 y 28; Efesios 4:11). En la primera carta a los corintios y en la carta a los efesios, el apóstol afirma que los dones fueron dados “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Efesios 4:12) y “a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho” (1 Corintios 12:7). Pablo afirma todavía que “todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Corintios 12:11).

Un mensaje para cada tiempo

Esos textos dejan claro que el don profético debía ser parte de la iglesia cristiana a lo largo de su existencia. No hay ninguna indicación de que los dones hayan tenido validez solo para los primeros años del cristianismo. Como adventistas, creemos en la posibilidad de la manifestación del don profético en cualquier tiempo cuando el Espíritu Santo desee suscitar un profeta para el pueblo de Dios. Creemos, además, en la manifestación moderna de ese don, con los mismos propósitos que tuvieron los profetas en los tiempos pasados: recibir y entregar el mensaje divino, y guiar y proteger al pueblo del Señor.

Aunque consideremos la Biblia como nuestra única regla de fe y práctica, intérprete de sí misma y fuente reveladora plena y suficiente en cuestiones de salvación, creemos también que la manifestación de un profeta moderno cumple el propósito, no de substituir la Biblia sino de llevarnos de vuelta a ella y conducirnos a la persona de Jesús.

Necesitamos comprometernos sin reservas con Cristo y buscar con atención la revelación que él nos dejó para enfrentar los días finales de la historia de este mundo, afirmados sobre la inamovible Palabra de Dios. Y para esto encontramos fuerza y aliento en la maravillosa promesa: “Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca” (Apocalipsis 1:3).

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