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Emanuele Salles

Emanuele Salles

Imagen & semejanza

Belleza y vestimenta analizados según los critérios de la Santa Biblia en un lenguaje más informal

No postee todo. Guarde sus secretos

La reflexión es un ejercicio que necesita ser constante en la sociedad contemporánea (Foto: Shutterstock)

El despertador del celular sonó. Me dije a mi misma que me gustaría dormir unos minutitos más. En la oscuridad, palpé la cabecera de la cama en busca del interruptor de la lámpara. Como estaba en un hotel, no recordaba donde encendía la… ¡la encontré!

Encendí la luz para ver si el brillo me ayudaba a despertar. Saqué una pierna de la cama en el intento de motivarme y abandonar aquel suave edredón. ¡Que sueño! El deber del trabajo me llamaba, y no podía darme el lujo de dormir hasta tarde.

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Caminé hasta el baño y me asusté con mi propio reflejo en el espejo. Rostro arrugado, ojeras, cabello despeinado… “Es lo que tiene para hoy”, pensé. Seguí, entonces, el ritual matinal: hice mi culto, me di un baño, peiné mi cabello, me puse un leve maquillaje correctivo que disfrazó muy bien el cansancio de mi rostro, cambié el pijama por ropa formal, y las pantuflas por tacos altos. Parecía otra persona, pero, por dentro, continuaba con el mismo sentimiento: “Estoy muy cansada, no quería salir de la cama por nada”.

Abrí la cortina del cuarto y dejé que entrara la luz del sol. Vi mi reflejo en el espejo y pensé: “Guau, esa luz me dio otro valor”. En ese momento, mi cuerpo ya se sentía más despierto, y comencé a ver vislumbres de un buen humor. Entonces, tomé mi celular y filmé un “buen día” para mis seguidores, como si ya estuviera arreglada y animada.

En pie, cerca de la ventana, vi un escenario contrastante. De un lado, un bello paisaje compuesto por árboles, cielo azul y predios imponentes. Del otro, techos manchados de comercios antiguos y casas con obras en curso. Adivine, ¿cuál de ellos se convirtió en foto?

Selecciones diarias

No necesitamos ni de un día para darnos cuenta que la vida virtual, comenzando por la nuestra, es un recorte de realidades. Aunque solo posteemos verdades, son solo mitades. Podría hacer una gran lista sobre los peligros de nuestra exposición en las redes, pero quiero destacar uno que enferma el alma de quien está del lado de acá y del lado de allá de la pantalla: creer que la vida puede ser recortada.

Los recortes de la realidad son vistos con normalidad, principalmente por tratarse de selecciones verídicas. ¿Quién se sentiría culpable por postear sobre el ramo de flores que le regaló el novio por la mañana? Nadie. Pero, ¿quién osaría postear que el ramo fue un intento de reconciliación luego de una pelea fea entre los dos? El ramo llegó, eso es un hecho, pero no representa toda la historia.

Pero parece que al deslizar el dedo en la línea de tiempo nuestro cerebro se anima. Vemos los lindos recortes de la realidad de las otras personas como si fuesen resúmenes de una vida completa. En ese instante, nuestra realidad integral, sin cortes ni censuras, entra en contraste con el recorte perfecto de los segundos vividos por alguien. Y eso enferma el cuerpo y el alma. Comienza, entonces, un ciclo de enfermedad, donde uno busca probar al otro cuán interesante también es su vida.

La exposición crece junto con la depresión. Puede parecer extraño, pero la falta de amor propio suele generar un exceso de auto-demostración. En el fondo, es un intento desesperado de autoafirmación.

En esas condiciones, es común que veamos personas divulgando informaciones intimas, promoviendo su sensualidad en selfiesseductores, exhibiendo sus poses y exponiendo detalles de su vida que deberían ser preservados.

No somos artículos públicos y de libre acceso, entonces, ¿por qué tantas veces nos ponemos en esa condición? La Biblia dice que “La gente chismosa revela los secretos; la gente confiable es discreta” (Prov. 11:13, NVI). El texto se refiere a las personas que pasan tiempo hablando de la vida de los demás, pero este principio nos lleva también a reflexionar sobre guardar nuestros propios secretos, atentar contra nuestra propia seguridad y preservar nuestra propia identidad.

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