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Diego Barreto

Diego Barreto

El Reino

Vivir ya el Reino de Dios mientras él todavía no volvió. Una mirada cristiana al mundo contemporáneo.

Un reino sin emperadores

La lógica celestial es totalmente diferente de la lógica humana, así como los métodos que llevan a la victoria (Foto: Shutterstock).

Cuando era pequeño, recuerdo intentar acomodar el mundo a mi comprensión sobre el. Eso comenzó muy temprano. A medida que mis padres me enseñaban cosas nuevas, estas se iban sumando a las que ya sabía. Esos conocimientos eran ladrillos de mi construcción sobre la realidad. Eran bloques fundamentales.

Por eso, todas las veces que algún nuevo conocimiento intentaba desafiar las bases de mi construcción, inmediatamente buscaba rechazarlo. Cuando no lograba hacerlo debido a su evidente verdad, trataba de rápidamente cambiar un ladrillo por otro y hacer las reformas necesarias para mantener la casa en pie. ¿Se identificó? Pues resulta que todos somos así. Las nuevas verdades son preciosas para nosotros porque construyen nuestra comprensión del mundo.

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Cuando uso el término “nuevas verdades”, no estoy insinuando que no existan verdades absolutas, o relativizando la verdad, sino que estoy tratando con lo que elegimos creer por alguna razón personal. Puede ser tanto porque lo aprendemos de personas queridas, en la educación formal, o en las experiencias de la vida, pero que nosotros elegimos creer como verdades. Es así como funciona la vida.

Cuando nos relacionamos con las personas, pasa que nuestras verdades se cruzan con otras y rápidamente surge un problema: la necesidad de protegernos de falsas verdades, o sea, de creencias que no combinan con nuestra visión del mundo elegida.

¿Construir o deconstruir?

Ante el conflicto, vamos a la lucha. Lo que, en este caso, quiere decir proteger nuestra verdad. Luego percibimos que tendremos que luchar mucho porque el número de personas y de verdades parece ser incontable. Entonces, surge una idea: en lugar de vivir a la defensiva, sería mejor que todos pensaran como nosotros pensamos. ¡Felicitaciones! Usted acaba de convertirse en imperialista.

La palabra “imperio” viene del latín. Imperar, que significa comandar, dar comandos a otras personas, es un sueño silencioso de nuestro yo. Queremos “CONFORMAR” a las personas a nuestros ideales, a nuestra estructura del mundo, a nuestros comportamientos, a nuestra voluntad, con el fin de agradar al verdadero emperador de la naturaleza humana: el yo.

Ya lo decía Santiago: “¿De dónde surgen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que luchan dentro de ustedes mismos?” (Santiago 4:1, NVI). “Las pasiones” aquí en el texto bíblico pueden ser fácilmente sustituidas por nuestra voluntad, nuestros deseos, nuestras búsquedas personales. Y la lucha dentro de nosotros mismos es una expresión sobre cuán enérgicas son esas pasiones en nuestra naturaleza humana.

Negación del yo

Desde su origen, en la torre de Babel, Babilonia siempre fue un símbolo del imperialismo humano con la intención de “hacer grande” su nombre sobre la Tierra y desafiar a Dios. Babilonia fue el primer gran imperio, y es eso lo que significa su nombre en el contexto bíblico. Es el yo entronizado que se impone sobre los demás.

La religión también puede volverse imperialista de maneras sutiles o incluso con aspectos de un régimen totalitario. Y es precisamente eso lo que ocurrió en el periodo en que Cristo estuvo aquí, posteriormente en el periodo medieval, y que continúa ocurriendo de tiempo en tiempo, en innumerables lugares.

Gracias a Dios por Jesucristo, que nos muestra un camino diferente y nos revela a un Dios que, aunque tenga todo el poder en el cielo y en la Tierra, no se impone a ninguno de sus hijos. En el reino de Dios somos invitados a ser humildes, mansos, a amar al prójimo, a hacer buenas obras (vea el sermón del monte en Mateo 5), a actuar en interés de los demás (Filipenses 2:3).

Dios no es emperador, aun teniendo todo y a todos bajo su comando. Él no nos invita a un imperio, sino a un reino. Tenemos un rey que no quiere siervos, quiere amigos (Juan 15:15).

Lo que Cristo nos enseña en el evangelio es que la verdad no se expone por la fuerza o imposición, ya sean de argumentos o de poder. Es por eso que Jesús nunca usó métodos invasivos o impositivos. Su venida a la Tierra fue silenciosa y pacífica.

El rey del universo nunca pidió ser tratado como tal. Su cetro fue sustituido por el amor. La única vez que el cetro apareció fue en defensa de aquellos que no podían defenderse de los emperadores del templo. Aun así, también murió por ellos, clamó en su favor mientras ejercían su poder y opresión al burlarse de la cruz.

Ejemplo que transforma

Sí, ¡necesitamos predicar! ¡Necesitamos mostrar al mundo quién es Cristo! ¡Informar que él está volviendo! Pero la forma como lo hacemos es muy importante, pues puede definir cuánto de Cristo realmente tenemos, y cuánto realmente estamos hablando en su nombre. El amor cuenta la verdad, pero no se impone. Eso no quiere decir que la verdad no sea dolorosa y contundente en sí misma, pero tampoco quiere decir que por eso podemos presionarla de cualquier forma.

Cuando se está con cáncer, la cura puede ser la terrible quimioterapia. Sin embargo, nadie que recibe ese tratamiento debe ser maltratado u obligado a hacerlo.

Podemos ser como Saulo y querer imponer la verdad por la espada. Hoy nadie mata a nadie en Occidente por causa de sus creencias, pero la espada puede ser una actitud, una postura. ¡Que Dios nos interrumpa en el camino a Damasco! Y que podamos, finalmente, despertar para entender que el poder del evangelio no es el de la compulsión, sino el de la atracción.

No se usa el nombre de Dios para imponer normas. El poder del evangelio está en el amor. Él no obliga, corteja. No cierra el puño, abre la mano. Solo así veremos verdaderas transformaciones del alma, incluso reflejadas en comportamientos de personas que descubrieron que la piedra angular, el ladrillo principal de su construcción de la visión del mundo, es Jesucristo, aquel que fue colgado en una cruz por los hombres. Porque él nos amó primero, su cruz es el lugar donde mi YO debería xestar.

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