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Diego Barreto

Diego Barreto

El Reino

Vivir ya el Reino de Dios mientras él todavía no volvió. Una mirada cristiana al mundo contemporáneo.

Cuando el materialismo entra en la Iglesia

La importancia de entender nuestro papel como cristianos que somos sal y estamos dispuestos a servir. (Foto: Shutterstock)

La Iglesia es una especie de cerco. Muchas veces la vemos como un lugar de protección y escondite. Esa visión es problemática porque altera la función de la iglesia que es ser la sal y no el salero.

Y con ese ejemplo ya podemos ver claramente que algunas ideas, las que nos gustaría que no entraran en el contexto cristiano, terminan entrando bajo el concepto de “bien intencionadas”. Las personas piensan que necesitan proteger a la iglesia de los modos y costumbres del mundo, cuando en verdad lo que necesitamos combatir (note que la postura no es de defensa sino de ataque, sal y no salero) son las ideas de este mundo.

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“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la RENOVACIÓN de vuestro ENTENDIMIENTO” (Romanos 12:2) (énfasis agregado). El problema no está en la cáscara, sino en el contenido. No es un problema que se soluciona cambiando de ropaje, sino de la forma de pensar.

Un peligro para el cristianismo

Por eso, el verdadero peligro para el cristianismo está en permitir el ingreso de ideas que son de este mundo. Porque una contaminación de ideas es mucho más peligrosa y contagiosa que una contaminación de apariencia. La primera es silenciosa y la segunda es obvia y evidente.

Hice una serie completa de textos sobre materialismo  pero considero que nos cabe revisitar el tema dado el tiempo en el que vivimos, porque una vez más, el cristianismo sufre el ataque de ese pensamiento nefasto.

A pesar de tener textos claros en la Biblia sobre esto, continuamos insistiendo en la idea de que la iglesia es el edificio. Está claro que ante una pandemia todos estamos extremamente afectados por la necesidad de comunidad. Queremos vernos, encontrarnos y abrazarnos. Y eso es muy humano y también agradable. Sin embargo, existe el riesgo de no hacer la reflexión que pretendo hacer aquí, ya que muchas veces nos permitimos pensar disimuladamente que hay una importancia en el edificio físico. Es un detalle sutil, pero igualmente nefasto, porque le quita el poder a lo que Dios dio el poder, el verdadero templo.

¿Quién no recuerda este texto? “El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas […]” (Hechos 17:24). O de este: “[…] el Altísimo no habita en templos hechos de mano […]” (Hechos 7:48).

A pesar de la claridad del texto, insistimos en creer que el edificio es sagrado o tiene alguna santidad. Eso porque nos olvidamos de esto: “Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (2 Corintios 6:16). “Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pedro 2:5). Pero no quiero repetir aquí, sino solo resumir el concepto.

Una confusión de conceptos

En varios momentos, Cristo habló de lo que es espiritual y las personas entendían lo que es material. Esto demuestra que no logramos entender lo que Jesús dice porque estamos muy apegados a lo material. Cuando Jesús dijo que destruiría el templo y que en tres días lo reconstruiría, hablaba de su cuerpo y no del edificio. Los fariseos no pudieron entender. Del mismo modo las cosas espirituales continúan confundiéndose con las no espirituales. La iglesia (edificio) con el templo (cuerpo) donde Dios realmente habita.

Cuando Jesús conversó con la mujer samaritana, esta le preguntó si Dios debería ser adorado en ese monte o en el templo, los dos lugares de adoración del samaritano y del judío, respectivamente. Jesús le dijo: “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:23, 24) (negrita agregada).

Nuestra lucha no debe ser por mantener el edificio, sino por la comunidad que participa en él. Bajo esa visión bíblica de Iglesia, ¿me puede decir si es mejor estar esparcidos y conectados o amontonados y concentrados?

Esperamos que esta fase termine pronto para poder reencontrarnos con los amigos, abrazarnos, comer juntos, orar juntos, sonreír juntos. Pero no permita que una cosa se confunda con la otra, el templo somos nosotros. Dios habita en nosotros. Tenemos total independencia del edificio, o al menos deberíamos tenerla. Nosotros somos el sacerdocio real.

Y cuando termine la pandemia volveremos al edificio para encontrarnos con los templos de Dios. Esa comunidad de templos tiene una función: ser sal donde estén, para que Dios esté allí también. No se confinen en un edificio. No olviden que la persecución de los últimos días es para esparcir al pueblo que insiste en aglomerarse en un mismo lugar, es para esparcir la sal que insiste en ser salero.

Reúnanse con la misión y el foco claro de esparcirse. Reúnanse para recordar que el fin no es la comunidad, sino un reino. Hay muchos templos en los cuales Dios todavía no puede habitar, que nuestro templo lleve al Salvador a donde él tanto quiere llegar, a corazones que todavía no lo conocieron. Sea la sal.

 

 

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