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Carolyn Azo

Carolyn Azo

Desafíos espirituales

Reflexione sobre las vicisitudes de la vida en su caminar diario con Dios y sepa que aún existe esperanza.

El espíritu de la Navidad

Esa es la cajita de porcelana que Carolyn recibió de Shamira. (Foto: Carolyn Azo)

El campamento parecía silencioso, eran como las 11 de la mañana mientras miraba las altas paredes de aparentemente una fábrica abandonada. Alrededor se habían levantado cerca de setecientas carpas para las familias, donadas por la Organización de las Naciones Unidas. Mientras que entre esas paredes antiguas habían oficinas vacías, sin puertas, donde algunos afganos descansaban junto a sus amados a penas tapadas por unas telas coloridas a modo de cortinas. Al terminar de dar la vuelta a aquella construcción me di cuenta que, era grandemente bendecida al tener una casa a donde llegar, padres y hermanos a quien abrazar, una cama caliente y lo necesario para sentirme confortable.

Me paré en una esquina a observar las carpas y me puse a pensar en lo que pasaría con esa gente cuando comience a llover o cuando el invierno llegase. Eso sería devastador. En especial para los pequeños niños que alegraban el lugar corriendo de un lado a otro, los cuales no “necesitaban” de juguetes para ser felices. Su inocencia los hacía escarbar en la tierra y colocar piedritas alrededor. Ni te cuento la travesía que pasaron para llegar a aquel lugar. Escaparon junto a sus familias de tierras peligrosas, donde el terrorismo no les permitía vivir en paz, en su querido Afganistán.

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Luego de tomar algunos minutos para reflexionar, una niña salió por una esquina entre las paredes y me abrazó fuerte. Me dijo que estaba muy contenta de que esté allí y quería que me quedase a vivir entre ellos. No recuerdo su nombre, para ser sincera, pero la llamaremos Shamira. Su pequeño rostro jamás salió de mi memoria. Me invitó a venir al lugar donde ella y la madre estaban ubicadas, pero me rehusé por el momento. Le dije que iría en otra oportunidad.

En ese lugar estaba yo, había viajado miles de kilómetros, atravesado algunas dificultades para llegar al lugar, pero no me arrepentí de haberlo hecho. Sentir el cariño de los más pequeños y jugar con ellos, pagaban mi servicio de voluntariado en ese campo de refugiados.

Algunos de los niños del campamento a los cuales Carolyn les llevó su cariño y el de algunos de sus amigos cercanos. (Foto: Carolyn Azo)

Días más tarde, una mañana, Shamira salió a mi encuentro y me dijo que cerrara los ojos porque tenía un regalo para mí. Ella, desde que llegué siempre fue amorosa conmigo, no tenía hermanos, pero tímidamente había logrado hacer amigos en el campamento. Cerré mis ojos y ella agarró mi mano y colocó el mejor regalo que jamás he recibido de una persona ajena a mi familia, una pequeña cajita de porcelana. La estoy observando en este momento y vuelvo a revivir ese precioso instante. Aún no puedo creer que haya sido tan afortunada de recibir lo único y el más preciado juguete que la pequeña tenía.

La historia de la cajita se remonta a su tierra natal. Los terroristas habían amenazado a su familia de muerte y asesinado a algunos de sus vecinos. Una noche ella, su madre y su padre se vieron obligados a abandonar su tierra, su hogar, y lo único más preciado que pudo traer consigo Shamira fue aquella cajita de porcelana. Esa cajita me hizo recordar cuando yo tenía la edad de Shamira y tenía una cajita de plástico un poquito más grande pero que para la época era mi juguete más preciado. La cuidaba mucho y ciertas veces la observaba con detenimiento. Cuando abrí mis ojos y vi la cajita que la pequeña me había dado, me emocioné, se parecía un poco a la mía. Al principio le dije que no la aceptaría, ya que me ella me dijo que era lo único que pudo salvar de sus juguetes. Con lágrimas en los ojos se la quise devolver, pero ella insistió para luego sellar su cariño con un abrazo fuerte. ¿Cómo poder olvidar ese momento y ese rostro? Nunca podría olvidarlo. Shamira me había dado todo lo que tenía, a mí como extranjera, sin pedirme nada a cambio. Ambas dejamos nuestro corazón en ese lugar, porque ella entregó lo más hermoso que tenía y yo mi tiempo para jugar con ella y de esa manera decirle cuán feliz y afortunada me sentía por tener conmigo esa cajita.

Ese pequeño regalo pero enorme en significado lo tengo aquí en mi mesa de trabajo y cada vez que lo veo me recuerda la lección de entregar, dar, desprenderse de lo que amo para hacer a otros felices.

Amigo y amiga que me lees, es casi Navidad, un mes esperado por millones de personas que han olvidado el verdadero significado y espíritu de la Navidad. La Navidad es entrega completa de nuestra vida a Cristo, es un amor a ciegas por él. Además, es misericordia, es compasión, es hacer feliz al prójimo, ¿la esencia de estas palabras te recuerda a alguien? A mí sí, la esencia se llama Jesús. El único ser que se entregó por entero para verte feliz, para salvarte de la condenación del pecado.

Jamás pierdas el sentido de la Navidad, si piensas dar algo, hazlo con amor, pero no de lo que te sobre, sino de lo que realmente quieres o amas tener contigo.

Hablar de este tema me lleva a recordar 1 Corintios 13 Nueva Versión Internacional (NVI)

Si hablo en lenguas humanas y angelicales, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido. 2 Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios y poseo todo conocimiento, y si tengo una fe que logra trasladar montañas, pero me falta el amor, no soy nada. 3 Si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas, [a] pero no tengo amor, nada gano con eso.

Y, ¿quién es la fuente de amor? El amor es Jesús. “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor”. 1 Juan 4:8.

¡Feliz Navidad, amigo y amiga! Regala amor, regala más de Jesús y dónate a él por completo.

 

 

 

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