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Columna | Rodrigo Silva

¿Progresismo o decadencia? – Esa es la cuestión (parte 1)

¿Estamos avanzando hacia el progreso o el declive? Si estamos progresando, ¿cómo podemos entender los textos bíblicos que hablan de un agravamiento escatológico?


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La Biblia debe guiar los pensamientos de los cristianos en todos los aspectos. (Foto: Shutterstock)

Si lanzáramos una encuesta entre religiosos conservadores y les preguntáramos si el mundo está mejorando, empeorando o sigue igual, seguramente la mayoría respondería que está cada vez peor. La información escatológica, o sea, la idea de un fin del mundo, seguramente alimenta esa percepción de empeoramiento.

En efecto, la Biblia menciona en varios pasajes que el mundo no mejorará con el pasar de los años. Por el contrario, las cosas irán de mal en peor a medida que estemos más cerca del regreso de Jesús. El texto de Pablo es clásico en este sentido, “En los últimos días vendrán tiempos peligrosos […] los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor” (2 Timoteo 3:1, 13).

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Jesús afirmó algo semejante al decir que la iniquidad se multiplicaría, el amor se enfriaría en casi todos y el mundo experimentaría un tiempo de angustia cual nunca hubo (Mateo 24:12 y 21). Habló de futuras epidemias, grandes terremotos, hambre en varios lugares (Lucas 21:11). Al relatar sobre la condición psicológica humana en los últimos días, Cristo detalló que las personas desfallecerían de temor y la expectación de lo que estaría por venir, estarían confundidas por el bramido del mar y de las olas (vers. 25, 26).

Decadencia de la historia

Esa palabra traducida como “confundidas” o “perplejas” aparece en el texto griego de Lucas como aporía y tiene un sentido muy interesante. Porós, en griego, de donde viene la idea de los poros del cuerpo, quiere decir pasaje. Aporía, por lo tanto, sería la negación de pasaje de fluidos como el sudor por los poros del cuerpo. Una angustia tan grande que las personas no podrían ni transpirar bien. El famoso sudor frío.

Basados en esto, veremos que la tradición apostólica de la iglesia tiende a una visión pesimista del futuro que antecede al regreso de Jesús. La visión de decadencia de la historia es más coherente en el discurso religioso que en la visión progresista. Solo para recordar, la visión de decadencia es la que ve el mundo empeorando cada vez más hasta que el Señor venga. La visión progresista, de la que tanto se habla actualmente, sería lo opuesto. Un continuo optimismo con relación al futuro que niega cualquier intervención divina en el curso final de la historia.

Optimismo progresista 

Para el progresista, si fueran adoptadas ciertas medidas económicas, políticas y sociales e impulsadas por la ciencia y la tecnología, el mundo progresaría cada vez más. La frase grabada en la bandera de Brasil “orden y progreso” estuvo inspirada en una filosofía progresista defendida por Augusto Comte.

Sin embargo, los progresistas dicen que para que eso suceda es imprescindible romper con ciertos esquemas sociales largamente estimados. ¿Y qué esquemas serían esos? Bien, depende del período histórico al cual nos referimos.

En el siglo XVIII, por ejemplo, cuando por primera vez se comenzó a hablar de progresismo, la idea de mejora estaba fuertemente vinculada al iluminismo europeo. Sus exponentes eran intelectuales de peso como Voltaire, John Locke, David Hume, Montesquieu y Adam Smith. Para ellos, el progreso humano debería fundamentarse, sobre todo, en la razón humana y no en la fe religiosa, de modo que para evolucionar, la humanidad necesitaría romper con la fe.

Esa propuesta tuvo efectos que duran hasta hoy. Fue ella que impulsó el fin de muchas monarquías, derribó regímenes absolutistas, promovió el surgimiento de la democracia moderna, el avance de la ciencia y la laicidad del estado.

La realidad actual

En el contexto de hoy, herencia de la Revolución Francesa y de todo ese panorama que nos antecede, la mayor ruptura parece ser entre los llamados movimientos de derecha o de izquierda. La semejanza está en el hecho de que ambos enarbolan para sí la verdadera receta para el progreso, mientras que la diferencia (en verdad hay muchas diferencias) estaría en el objeto de ruptura.

Los movimientos sociales en favor de minorías, generalmente inspirados en pautas de izquierda, defienden que la ruptura sería con la sociedad tradicional, blanca, machista, xenófoba y patriarcal. Según Gramsci, esa sociedad tiene que ser demolida para que otra pueda surgir más igualitaria, fraterna e ideal. De ahí el surgimiento de organizaciones que abrazan la causa indígena, feminista, negra, como también las identidades de género y orientación sexual.

Por otro lado, el pensamiento liberal de la derecha, tanto en la política como en la economía, también se dice progresista. Es el más progresista de todos, ya que él, a diferencia del socialismo de izquierda, es heredero directo del iluminismo europeo. Para los liberales de la derecha, es necesario que haya una ruptura con los controles iluminados del Estado a fin de que la libertad, los derechos del individuo y la igualdad social se hagan presentes. El libre comercio y la protección a la propiedad privada son las grandes banderas de esa posición.

¿Pero qué es progreso?

Si miramos las pretensiones filosóficas de los dos movimientos, podemos decir que ambos están a contramano de la comprensión bíblica de decadencia constante de la sociedad hasta que Jesús regrese. Otra cuestión que se presenta es evaluar si el concepto de progreso es realmente inequívoco para todos. La respuesta es un sonoro ¡no!

Sería preciso más que algunas líneas para señalar resumidamente las diferentes ideas de progreso que circulan por ahí. La mayoría parece venir de especialistas en política y economía. Solo como ilustración, tenemos hoy los que pretenden una relectura de Marx, enfatizando que China y la fallida Unión Soviética no implantaron lo que él en efecto defendió, y los que desarrollaron la escuela neokeysiana, proponiendo un regreso a la gloria del progreso capitalista, testificado antes de la recesión de 1929. Como se puede ver, una especie de progresismo nostálgico que busca en el pasado el progreso del futuro.

De modo general, todos los progresistas quieren encontrar lo que Saffo Testoni Binetti definió como “un crecimiento gradual de bienestar o felicidad, con una mejora del individuo y de la humanidad, constituyendo un movimiento en dirección a un objetivo deseable” (apud BOBBIO, 1983, v. 1, p. 1009)[1]. La cuestión es qué sería ese objetivo deseable mencionado por Binetti.

Considerando que el pensamiento progresista es tremendamente variable, este es un aspecto que pone en jaque el optimismo, ya sea de liberales o socialistas, de políticas de derecha o de izquierda. Es la falta de un contenido correcto inmutable y universal para su doctrina. Todos queremos lo mejor, pero no siempre acertamos en qué es realmente lo mejor para la sociedad. Así surgen las innumerables peleas que últimamente penetraron en el territorio cristiano, polarizando de manera violenta los dos lados que dicen buscar el ideal para el ser humano.

¡Ideal! Tal vez sea ese el motivo del estancamiento, por lo menos para los que tienen la orientación de la perspectiva bíblica de la historia. Deberíamos estar buscando el ideal divino. Claro que un religioso de izquierda puede buscar parámetros entre el Manifiesto Comunista de Marx y Engels y las ideas de justicia predicadas por Jesucristo. De igual modo, un neoliberal puede ver una relación directa entre el capital y la forma de protección a la propiedad privada y la familia, y los principios contenidos en la Palabra de Dios, especialmente en lo que concierne a las relaciones entre libertad, individuo y economía (RUSHDOONY, 2016)[2]. No es para menos que, si vale la tesis de Max Weber, el mercado capitalista es expresamente hijo del protestantismo.

Sea cual fuera el lado asumido en este ambiente, saltan a la vista del creyente cuestiones relevantes en cuanto a la realidad futura de este mundo. ¿Estamos yendo rumbo al progreso o a la decadencia? Si estamos progresando, ¿cómo entender los textos bíblicos que hablan de deterioro escatológico? Si estamos en decadencia, ¿cuál es el papel social de los que se ponen del lado de la filosofía bíblica de la historia? ¿Los cristianos tendrían la responsabilidad de construir un mundo justo, solidario, políticamente honesto y libre de prejuicios? ¿Podemos creer en una “utopía posible” de acuerdo con la cartilla de un cristianismo progresista?

 

Continúa en el próximo artículo.


Referencias

[1] Binetti, Saffo T. “Progresso” in Bobbio, Norberto, Dicionário de Política (Brasília, DF.: UNB, 1983).

[2] RUSHDOONYR. J. Cristianismo e Capitalismo. Brasília: Monergismo, 2016

 

Rodrigo Silva

Rodrigo Silva

Evidencia de Dios

Una búsqueda de la verdad en las páginas de la historia

Teólogo posgraduado en Filosofía, con maestría en Teología Histórica y especialista en Arqueología por la Universidad Hebrea de Jerusalén. Doctor en Arqueología Clásica por la Universidad de Sao Paulo (USP), es profesor del Centro Universitario Adventista de Sao Paulo (Unasp), en Brasil, curador del museo arqueológico Paulo Bork y presentador en portugués del programa Evidencias, de la TV Novo Tempo.