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Rodrigo Silva

Rodrigo Silva

Evidencia de Dios

Una búsqueda de la verdad en las páginas de la historia.

La educación en los días de Cristo

(Foto: Bet Midrash Messianic Yeshiva)

En los tiempos de Cristo, la educación era un elemento muy importante de la sociedad. Cuando el niño tenía la oportunidad de aprender en la escuela de los rabinos, además del oficio del hogar, su rutina no era fácil. Pasaba la mañana en la sinagoga, en una sala con cerca de 25 alumnos. La tarde la dedicaba al trabajo que aprendía con el padre.

Con esa rutina intensa es difícil imaginar que quedara tiempo para jugar y practicar deportes. Pero la verdad es que los niños se divertían mucho. Un niño judío típico participaba de juegos, la mayoría de ellos de manera colectiva.

En Mateo 11:16, 17 y Lucas 7:32, Jesús menciona un juego común en la calle, donde los niños tocaban instrumentos y danzaban, aparentemente, imitando las ceremonias de los adultos. O sea, el tiempo para jugar existía, pero separado de los momentos dedicados al estudio y al trabajo.

Hoy, los niños casi no juegan, muchas veces quedan paralizados en sus computadores y celulares. Pero antes de esa fiebre tecnológica, era común que los niños jugaran solos con sus autitos y muñecas. En el tiempo de Jesús era bien diferente. Niños y niñas participaban de juegos colectivos que enseñaban la sociabilidad. Al imitar la ceremonia de los adultos, como mencionan los textos bíblicos, se percibe una forma de preparación para la vida adulta. Para aquellos judíos, especialmente de esa época, jugar era algo serio.

“Casas” de conocimiento

A la escuela fundamental que los niños frecuentaban en la sinagoga se la conocía por el nombre de Baitha Sefer, es decir La casa del libro. Allí aprendían a leer, escribir, hacer cuentas y hablar en público. Memorización, repetición y resolución de problemas eran los métodos pedagógicos más usados en la ocasión.

Las Escrituras, especialmente la Torá, formaban la base de la enseñanza. El maestro y los alumnos la repetían todos los días, hasta que los textos quedaban bien memorizados. Los  judíos del primer siglo estudiaban el Antiguo Testamento. Para ellos, esa era su fuente principal de enseñanza, además, todo lo que se aprendía partía de las Escrituras. El cálculo matemático, por ejemplo, se enseñaba a partir del tiempo de duración de la vida de los patriarcas o de las profecías que incluyen cronología. La geografía se ilustraba en las guerras de Israel. Ya la medicina, por medio de las prescripciones mosaicas, y así en delante. Para los judíos, las Escrituras eran un libro completo, que permitía integrar todo el conocimiento y encontrar el principio de toda la sabiduría disponible a los seres humanos. Su estudio era tan importante que aunque no asistiera a la escuela, necesitaba por lo menos saber leer para tener acceso al contenido de la Torá. En ese caso, la persona recibía instrucción en casa por sus padres. Las mujeres también tenían que conocer la Torá, aunque de manera más simple, debido al espíritu patriarcal de aquellos días.

El período de la escuela primaria iba de los cinco a los doce o trece años. Después, el alumno pasaba por una etapa más avanzada en la Beit Midrash o Casa de Interpretación, que quedaba en un lugar separado de la sinagoga. Allí, el alumno podría recibir una especie de educación superior acompañado de algún maestro de la ley. De hecho, estudiar en una Beit Midrash era un privilegio de pocos.

Así, si un joven quería avanzar en sus estudios debería iniciarse en el mundo rabínico, en el cual llegaría a ser un escriba o doctor de la ley. Para eso, él debía elegir un tutor, un maestro o rabino de renombre y seguirlo, con la condición de que el rabino aceptara al alumno. Pablo, por ejemplo, fue aceptado por el gran sabio Gamaliel. De acuerdo con el libro de Hechos 22:3, fue a los pies de él que Pablo prácticamente aprendió todo lo que sabía, posiblemente hasta muchos de los idiomas que hablaba.

Discipulado

El joven aprendiz, o sea, el que era aceptado por el maestro, debía ser sumiso de la misma forma como lo era con su padre, y también debía estar listo para servirlo mientras estuviera en su compañía. Con ese hombre sabio, el joven aprendía muchas lecciones, pero especialmente el difícil arte de interpretar la ley y ponerla en práctica en las más diversas situaciones.

Por la falta de documentos de la época, que nos podrían proveer más informaciones, no sabemos con seguridad cuánto tiempo duraba el curso. Sin embargo, parece que no había un plazo determinado. Los documentos rabínicos del segundo siglo dicen simplemente lo siguiente: “Se recomienda con frecuencia como sumamente meritorio para alguien ser uno de los primeros en venir a una Beit Midrash y el último en dejarla”.

En algunos casos, en vez de que el joven se ofrezca para el curso, el maestro o rabino reconociendo su potencial, lo invitaba a ser su discípulo. Siendo así, entendemos los episodios en que dos discípulos de Juan le piden a Jesús que los acepte, y cuando Jesús es quien da la iniciativa e invita a pescadores a seguirlo.

Lo mismo antes de la época de Cristo, cada sabio o rabino se preocupaba en formar discípulos y futuros escribas que pudieran ejercer el oficio en tribunales o sinagogas. El famoso rabino Hilel, quien vivió en los días de Herodes el Grande, llegó a tener de una sola vez, cerca de 80 seguidores inmediatos. Jesús fue más simple. Eligió solo doce, o mejor once discípulos, si entendemos que Judas solo fue aceptado, pero no elegido por el Maestro.

Si prestamos atención a los hechos veremos que en la Biblia, en Lucas 10:1, se menciona por única vez a 70 discípulos que el Maestro preparó y envió a predicar el evangelio. Aunque no tengamos informaciones adicionales de ese grupo, el hecho es que los discípulos de Cristo, en su mayoría, eran hombres incultos o rechazados, que no poseían características especiales básicas de alguien que podría ser un alumno del gran Maestro. Pero Jesús los amó como nos ama a cada uno de nosotros. Y también los preparó para predicar las buenas nuevas del reino de Dios entre los hombres.

También había algunas diferencias básicas entre los maestros del tiempo de Cristo. Dentro del movimiento de los escribas, por ejemplo, de afinidad más farisaica, existían dos corrientes básicas. Una era la escuela fundada por el rabino Hilel, citado anteriormente. Allí un joven, antes de ser aceptado oficialmente por un maestro, debía someterse a una pasantía de 30 días para realizar y conocer las prescripciones rituales de purificación. En otra escuela, la de Shamai, ese período se extendía por lo menos por un año. Aunque no tengamos mucha documentación directa del tiempo de Jesús, tenemos informaciones valiosas en el segundo siglo de nuestra era y que pueden servirnos de clave interpretativa de esos tiempos. Según esas fuentes antiguas, a partir del segundo siglo, cuando un joven estaba estudiando en el colegio superior de la Beit Midrash, debería caminar todo el día y abstenerse de otros trabajos, ya que el estudio comenzaba al amanecer y terminaba solo con la puesta del sol.

Para aprender culturas nuevas y adquirir conocimientos, el grupo caminaba de un lugar a otro, como nómades. De modo que la familia del joven debería tener una buena cantidad de dinero para sostenerlo durante el período de estudios, al final, él no podía trabajar como obrero manual común. Si no tenía dinero, el estudiante debía tener fe y paciencia, pues dependería totalmente de la ayuda voluntaria de los ciudadanos de aldeas por donde pasaran, o quien sabe de las ofrendas donadas por familias que mantenían la escuela rabínica en especial a la cual él pertenecía.

Basados en ese proceso, podemos entender que no fue extraño, según la Biblia, que los apóstoles dejaran de trabajar para seguir a Jesús por tres años y medio. También podemos comprender que el grupo fue sostenido por personas simpatizantes del movimiento, siendo muchas de ellas ciudadanas de las ciudades por donde Cristo y sus discípulos pasaron.

Con esas informaciones queda clara la recomendación que Cristo dio a los 70 discípulos, registrada en Lucas 10:4-12. Dice lo siguiente: “[…] En la casa donde entréis, primero decid: ‘Paz a esta casa’. Si hubiera allí algún hombre de paz, vuestra paz reposará sobre él. Si no, volverá a vosotros. Y posad en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que os den; porque el obrero es digno de su salario. No os paséis de casa en casa. En la ciudad donde entréis, y os reciban, comed lo que os presenten. Sanad a los enfermos que haya en ella, y decidles: ‘El reino de Dios se ha acercado a vosotros’. Pero en la ciudad donde entréis, y no os reciban, salid por sus calles y decir: Aún el polvo que se nos ha pegado de vuestra ciudad a nuestros pies, sacudimos contra vosotros. Pero sabed esto: ¡El reino de Dios está cerca!”

¡Muy interesante! Esas informaciones nos ayudan a colocar las historias de la Biblia dentro de una especie de molde contextual, que hace que las escenas sean más vivas. Las enseñanzas de los evangelios pasan a tener otro formato, a ser casi tridimensionales.

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