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Rodrigo Silva

Rodrigo Silva

Evidencia de Dios

Una búsqueda de la verdad en las páginas de la historia.

Jerusalén de oro – La encrucijada de las naciones

La literatura rabínica afirma que Jerusalén tenía 70 nombres, muchos de los cuales aparecen en el Antiguo Testamento. (Foto: Shutterstock)

La película “Cruzada” (Kingdom of Heaven, 2005) fue una de las muchas producciones cinematográficas tematizadas en la historia de Jerusalén. En ella se retrata la reconquista de la ciudad por los musulmanes en el año 1187.

Uno de los puntos destacados de la trama es cuando los cristianos que vivían en la ciudad intentaban resistir al enemigo, porque temían la rendición. Ellos oyeron como los cruzados trataban a los pobladores de los lugares conquistados anteriormente, y ahora esperaban el mismo trato como venganza del enemigo. Entonces, Balian, rey de la ciudad, pidió hacer una negociación con Saladino, que lo recibió en su carpa mientras los combates continuaban. Aunque nadie sabe lo que conversaron en la realidad, la película recrea un diálogo interesante:

Saladino: ¿Entregará a Jerusalén?

Balian: “Antes de perderla, la voy a incendiar. Sus lugares sagrados, los nuestros… todo lo que en Jerusalén lleva a los hombres a la locura”.

Saladino: “Tal vez sería mejor si lo hiciera [con una leve sonrisa]. ¿Realmente la quiere destruir?”

Balian: “¡Cada piedra!”

Saladino: “Pero su ciudad está llena de mujeres y niños…”

Balian: “¿Propone un acuerdo?”

Saladino: “Daré salvoconducto a todos los cristianos que quieran dejar la ciudad. Nadie será herido. ¡Lo juro por Dios!”

Balian: “¿Qué vale Jerusalén?”

Saladino: “¡Nada! [Pausa] Todo [riendo]”

De las pantallas a la historia, realmente, Jerusalén siempre fue una señal de contradicción. No tuvo los templos de Atenas, ni el poder de Roma. No posee los monumentos de Europa ni los rascacielos de Nueva York. Sin embargo, aproximadamente 4.2 billones de cristianos, judíos y musulmanes (56% de la población mundial) tiene sus raíces culturales y confesionales relacionadas a esa ciudad. Ninguna otra metrópoli del mundo ejerce tanta fascinación. Todos, de un modo u otro, anhelan a Jerusalén.

No es para menos que, desde tiempos antiguos, escritos y leyendas talmúdicas se referían a la ciudad como “Jerusalén dorada”, una expresión que inspiró a Naomi Shemer a componer, en 1967, la bella canción Yerushalayim Shel Zahav (Jerusalén de oro), que para muchos sería la canción oficial de aquel precioso pedazo de suelo.

El secreto de un nombre

La literatura rabínica producida en los primeros siglos después de Cristo. afirma que Jerusalén tenía 70 nombres. Muchos de esos son los mismos que aparecen en el Antiguo Testamento, a saber: ciudad de los Jebuseos, ciudad de David, Ariel, Monte Moria, Monte Sion, Salem etc. Los árabes popularmente la llaman “el Quds”, que quiere decir “ciudad santa”.

El más popular de todos es, sin dudas, Jerusalén, que aunque ausente en los primeros cinco libros de Moisés, aparece más de 600 veces en las demás Escrituras judías.

Las menciones extra bíblicas más antiguas de su nombre se encuentran en las tabletas de Ebla (siglo XXIV a.C), en los textos de execración egipcios (siglo XIX a.C.) y en las cartas de Tel el Amarna (siglo XIV a.C.). En Ebla, solo se la llama Salem (como en Génesis). Los textos de execración se refieren a ella como Rushalimum. Ya las cartas de Amarna mencionan tres nombres diferentes: Urusalim (URU ú-ru-sa-lim), Urušalim (URU ú-ru-ša-lim) y Beth-Shalém (Casa de Salem).

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Pero es importante notar que en la cultura del antiguo Oriente Medio, más precioso que el hombre o su grafía, es el significado que posee. ¿Qué significa Jerusalén?

Hace tiempo, los investigadores debaten buscando una respuesta objetiva para esa pregunta. Proponen varios significados. Uno de ellos se basa en una supuesta etimología sumero-acadia, que entiende que, antes de la conquista de David, el nombre de la ciudad provenía de las palabras yrw y shalem, que significa “fundación del dios Shalem”, una divinidad fenicio/cananea responsable de la puesta del sol en el mundo de aquellos tiempos, y que sería también el patrono de la ciudad.

Pero, otra propuesta muy interesante es la que vincula la ciudad a la historia de Abraham y su nombre a partir de la unión de dos palabras bíblicas: Yireh y Shalem. El primer término tiene una relación directa con Génesis 22:14, donde Abraham, después de haber sido dispensado de sacrificar a Isaac, le da un nuevo nombre al monte Moria. Lo llama, en hebreo, Monte de  Adonai-Yireh (o Jehová-Jiré, de acuerdo a la popularidad del término en Brasil). El significado podría ser “el Señor ve, providencia o habita”.

Shalem o Salem sería el nombre original de la ciudad donde Abraham se encuentra con Melquisedec en Génesis 14:18-24. Muchos rabinos pensaban que Melquisedec seria Sem, el hijo de Noé, y Salem, la futura ciudad de Jerusalén. Hoy, la mayoría absoluta de los exegetas no acepta la primera identificación. Sin embargo, en cuanto a la ciudad, son muchos los arqueólogos e historiadores que la identifican con Jerusalén. Y Shalem sería una referencia al hebreo Shalom, que quiere decir paz.

Además, el apóstol Pablo muestra que “paz” es el verdadero significado de la parte final del nombre. Hablando de Melquisedec, dice: “[…] cuyo nombre significa primeramente Rey de justicia, y también Rey de Salem, esto es, Rey de paz” (Hebreos 7:2).

Un comentario judío antiguo llamado Genesis Rabbah, realizado entre 300 y 500 d.C. trae una justificación importante para la unión de los dos nombres:

“El Santo [Dios], bendito sea su nombre, dijo: “Si yo llamo el lugar Yireh, como lo hizo Abraham, Sem, el justo, reclamará. Sin embargo si tú te refieres a ella como Salem, entonces Abraham, el justo, reclamará. Así resuelvo llamarla  Yerushalayim (Jerusalén), de modo que su nombre contiene la manera como ambos la llamaron: Yireh Shalem”.

El nombre completo, Jerusalén, sería Yerushalaim, o habitación de la paz, porque la grafía hebrea de esta última parte sugiere una forma doble, de ahí “doble paz”, que simbólicamente podría representar la paz terrenal y la celestial.

Tal vez, no todos los que leen este texto tendrán la oportunidad de visitar Jerusalén. Pero uno de los significados más probables de su nombre me hace recordar que la capital terrenal de Israel es solo una sombra de otra Jerusalén, la celestial, que está reservada para todos los que aceptan a Jesús como su salvador personal. La visa para entrar en esa ciudad está reservada por la sangre del Cordero, y no hay razón humana que justifique rechazar esa invitación de viajar a la ciudad celestial.

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