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Pablo Ale

Pablo Ale

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Un 2015 que sangra

Había una vez un padre angustiado por sus hijos, al punto de correr cualquier riesgo en el afán de salvarles la vida. Es, sin duda, lo que hace todo buen padre. Así, Abdulá Kurdi dejó Kobane, su bombardeada y destruida ciudad

siria, asediada por la sangre, el horror y la muerte; y se embarcó con su esposa y sus dos hijos en una utópica travesía marítima para llevar a sus hijos a Grecia. Ellos sobrevivieron a las bombas y a la guerra, pero no al mar ni a las barreras

geográficas y legales que lo separaban del anhelado destino. Anhelaban un lugar mejor pero no llegaron, y murieron ahogados frente a la estación balnearia turca de Bodrum.

“Llevábamos chalecos salvavidas, pero el barco se volcó súbitamente porque hubo gente que se puso de pie. Yo daba la mano a mi mujer, pero mis hijos se me escaparon de las manos”, contó Abdulá Kurdi. Entre los sirios que intentaban llegar a la isla griega de Kos, murió Aylan, un niño de tres años, cuya foto (con su diminuta camiseta roja y su pantalón azul), que lo mostraba yaciendo inerte en una playa, se viralizó por el mundo y fue el germen de una ola de indignación sobre la situación de estas personas en busca de un hogar mejor.

La imagen desgarra, lastima, hiere… Es la imagen del dolor, del clamor, del horror… Es la imagen que resume un 2015 que sangra.

Un año que empezó a desdibujar la feliz imagen del brindis del 1º de enero el 7 de enero, con el atentado a la revista Charlie Hebdo, en París. Y termina, paradójicamente, en el mismo lugar: con la bellísima ciudad luz bajo diversos ataques terroristas que dejaron 153 muertos (de 19 nacionalidades distintas) aquel viernes 13 de noviembre.

La crisis es global. En Oriente, también las personas mueren. No se trata del color de la piel, ni de la zona del planeta, ni de la religión. Es gente que muere injustamente (muchos de ellos inocentes, como mujeres y niños) bajo ataques de las potencias hegemónicas. Ni hablar de otros conflictos igualmente terribles pero no con abundante prensa: en 2015 hubo guerra civiles (ya sea porque se iniciaron o porque continuaron de años anteriores) en Afganistán, Somalia, Ucrania, Pakistán, Sudán del Sur, Libia, Irak, Siria, República Centroafricana, Yemen, República Democrática del Congo, Nigeria y Palestina. Mateo 24 es mucho más actual de lo que pensamos y entendemos.

El patriarca Job también sufrió desencantos y tragedias. Job 1:1-22 lo demuestra. El piadoso adorador de Jehová no alcanzaba a reponerse de una mala noticia que ya aparecía otro mensajero con una peor. El desastre empezó con la muertes de sus animales, siguió con  sus pastores y sus criados y terminó con la de sus hijos. Desde el inicio de este mundo, los padres sufren pérdidas. Algo similar vivieron Adán y Eva ante el sorprendente asesinato de Abel. Todos somos, en algún sentido, Jobs, Adanes, Evas, Abdulás… De un modo o de otro, de un costado o de otro, la tragedia nos ha golpeado, nos golpea y nos golpeará.

Escribió Elena de White:

“Satanás está reuniendo sus huestes. ¿Estamos nosotros individualmente preparados para el terrible conflicto que tenemos en puertas? ¿Estamos preparando a nuestros hijos para la gran crisis? ¿Nos estamos preparando a nosotros mismos y a nuestras familias para comprender la posición de nuestros adversarios y sus modos de guerrear? ¿Están nuestros hijos adquiriendo hábitos de decisión, a fin de ser firmes e inquebrantables en todo lo que se refiere a los principios y al deber? Ruego a Dios que todos podamos comprender las señales de los tiempos y prepararnos a nosotros mismos y a nuestros hijos para que en el tiempo de conflicto Dios sea nuestro refugio y defensa” (El hogar cristiano, p. 164).

En estos últimos días del año, las preguntas de la cita de arriba son más que pertinentes. Con sincera oración y devota comunión debemos pensarlas, analizarlas, repensarlas y responderlas.

No hay más tiempo que perder. Seguramente, 2016 no será un oasis de

paz y tranquilidad. No sabemos el futuro con detalles, pero sí conocemos lo predicho por la palabra de Dios: “Pero acerca de los tiempos y de las ocasiones, no tenéis necesidad, hermanos, de que yo os escriba. Porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche; que cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán. Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón. Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas. Por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios” (1 Tes. 5:1-6).

Solo hay dos actitudes, dos caminos, dos estilos de vida: seguir en tinieblas y vivir como si nada sucediera o ser iluminados por la luz y tomar conciencia de los tiempos que atravesamos.

Todos somos peregrinos. Como Abdulá, queremos llegar a un lugar mejor. Y no queremos ir solos: nuestros hijos, nuestra familia, nuestros amigos, nuestros amados… todos pueden estar allí.

Todos somos refugiados. Este mundo de pecado no es nuestro hogar. No fuimos diseñados para vivir así, ni para morir así. Por eso, con renovada fe y fortalecida esperanza, recordemos las palabras con las que Elena de White cierra el libro El conflicto de los siglos. Este es el final de la guerra milenaria y cósmica de la que todos somos parte y en la que todos podemos ser vencedores:

“El gran conflicto ha terminado. Ya no hay más pecado ni pecadores. Todo el universo está purificado. La misma pulsación de armonía y de gozo late en toda la creación. De Aquel que todo lo creó manan vida, luz y contentamiento por toda la extensión del espacio infinito. Desde el átomo más imperceptible hasta el mundo más vasto, todas las cosas animadas e inanimadas declaran, en su belleza sin mácula y en júbilo perfecto, que Dios es amor”.

 

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