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Pablo Ale

Pablo Ale

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En busca del paraíso

“Como el agua fresca para el sediento, son las buenas noticias de lejanas tierras” (Proverbios 25:25/Reina-Valera 2000).

En febrero de 2006, las buenas noticias llegaron desde tierras lejanas. Si no fuera pecado sentir envidia por alguien, envidiaría a Bruce Beehler.
Siempre jovial y sonriente, aparece en todas las fotos mostrando un rostro simpático, sano y descansado. Beehler es doctor en zoología, ecologista y autor de numerosos libros y artículos referidos a las aves. Su tiempo se consume viajando de país en país, explorando, analizando y fotografiando diferentes paisajes naturales y aves exóticas.

El 7 de febrero de 2006 su nombre dio vueltas por el mundo: la expedición que él guiaba descubrió un paraíso perdido, nunca antes visitado por el hombre, en medio de las montañas de Foja, Nueva Guinea Occidental (región que pertenece a Indonesia). Beehler y once científicos más descubrieron en ese lugar cerca de 40 especies de mamíferos, 4 de mariposas, 20 de sapos (entre ellos uno de apenas 14 milímetros de longitud), 4 nuevas especies de palmas y una gran variedad nunca antes vista de las llamadas aves del paraíso.

Dos caciques de las tribus kwerba y papasena, propietarias de las montañas Foja, acompañaron la expedición. “Ellos quedaron tan asombrados como nosotros de lo aislado que era el sitio. Por lo que ellos sabían, ninguno de los miembros de sus clanes habían visitado previamente el área”, declaró Beehler. Y luego afirmó: “Lo que vimos allí es como un jardín del Edén. Sentimos una paz infinita. Nuestras voces se desvanecían en ese paisaje cubierto de musgo antiquísimo. Sólo se oye el canto de los pájaros y el croar de las ranas. Vimos un ave del paraíso que se creía extinguida y un pájaro que come miel. Los animales se acercaban a nuestros pies sin miedo. No había una sola senda, un solo signo de civilización, ni señal alguna de que inclusive comunidades locales hubiesen estado allí”.

Para envidiar, ¿verdad?

Es digno de notar que luego de seis mil años de pecado, aún es posible encontrar en este mundo lugares así. ¡Qué maravilloso es el poder de Dios! Me pregunto, entonces, cómo será de magnífico el cielo y qué cosas asombrosas veremos allá. ¡Cuántas sorpresas hallaremos y cuántos nuevos descubrimientos haremos!

Pensándolo bien, y más allá de que su tarea como científico es notable y necesaria, no tengo porque envidiar a Bruce Beehler. Porque puedo ser parte de la expedición a un nuevo Edén, donde no habrá más dolor, ni llanto, ni muerte (Apoc. 21:4).

Hacía más de 25 años que Beehler había comenzado a planificar su viaje a las montañas Foja. Llegar a los paraísos terrenales requiere un tiempo de preparación. Llegar el paraíso celestial, también. Nadie llegará allí sin los debidos arreglos previos.

Esta preparación, incluye, como base y soporte, el estudio diario de la Biblia. Debemos aprender a tomar contacto con las temáticas del cielo desde ahora. La luz de la verdad que emana de la Escritura será el mapa que nos guíe en esta sublime expedición hacia la vida eterna.

Desde luego, Beehler no se quedó sólo en los papeles. Decidieron resueltamente ir más allá y concretar esos planes. Lo mismo debemos hacer en nuestra experiencia cristiana. Con estudiar la Biblia no alcanza. Hay que volcar todo ese conocimiento en buenas acciones y traducir nuestro cristianismo a hechos concretos. La justificación por la fe nos lleva a producir buenas obras y a obedecer.

Finalmente Beehler llegó a donde se proponía. Tanta planificación y preparación valió la pena. Veinticinco años buscando un paraíso terrenal es mucho tiempo. ¿Cuántos días hemos invertido ya tras metas pasajeras y poco duraderas? ¿En qué usamos nuestras horas diarias? ¿En preparar nuestro carácter para el paraíso celestial y eterno o en continuar disfrutando de los esporádicos momentos de aparente felicidad en los edenes mundanos?

Más allá de los exóticos lugares que podamos encontrar en este planeta, nuestro verdadero hogar está en el cielo. Nuestro peregrinar aquí debe ser el pasaporte para llegar allí. Cuando Cristo venga, las penas y los lamentos habrán desaparecido para siempre. Entonces, habremos llegado al verdadero paraíso.

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