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Odailson Fonseca

Odailson Fonseca

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Innovación joven bajo una perspectiva inteligente

Mi Navidad en Alepo

A boy inspects a damaged site after airstrikes on the rebel held Tariq al-Bab neighbourhood of Aleppo

¡Es Navidad! Un niño muestra el terror del miedo en su mirada pálida, reseca por el frío.

¡Navidad! Los destellos de las luces son explosiones en el aire de otro ataque sorpresa.

¡Jingle Bells! La imagen del cortejo de sobrevivientes revela al mundo el éxodo de los desprotegidos.

¡Paz en la Tierra! Y la sombra de la muerte enmudece el grito de familias enteras que suplican por solamente una oportunidad.

Disculpe que estropee el clima festivo de fin de año. Pero la oscilación repentina de la noticia de los miles de asesinados en Siria entre los anuncios promocionales en los shoppings congestionados llama mi atención. Los periódicos saltan del rojo sangre de los titulares al escarlata de Papá Noel con una facilidad repugnante. ¡Es siempre así! Consumiendo sueños, escapamos de la realidad a la fantasía intentando mantenernos vivos, aunque huyamos todo el tiempo.

La dura verdad es que de Alepo a los náufragos del Mediterráneo, o de la discoteca gay en Orlando a la desaparición de un equipo de fútbol entero en el aire, nosotros llegamos a un fin de año más como miles de otros: fin que no termina. O dígame si, desde el primer cambio de año en el calendario, cuando faltaba Abel y los padres se sentían desconsolados, las cosas han mejorado. Por eso, en la época del año con el mayor número de suicidios, siempre late aquella sensación emotiva de expectativa por algo que nunca viene.

¿Sabe por qué? Las cosas por aquí continúan recordándonos que nuestro Cielo no es aquí. Adornamos pesebres, decoramos jardines, envolvemos cariño, pero el insomnio del pecado todavía late en esta paz que no llega. Envejecidos, nos apegamos a los niños que exaltan inocencia, pero, en realidad, proyectamos sobre ellos el deseo implacable: la inmortalidad. Solo que una bandita adhesiva no cura el cáncer, y cuando las Navidades se acumulan en décadas el choque de la realidad asusta: la de una vida que pasa, pasa rápido, en un mero instante.

Yo sé que debería escribir de generaciones nuevas, optimismo e innovación. Solo que Alepo me continúa asombrando. También me siento allá, impotente, al recordar mis frustraciones personales escondidas bajo la vitrina que permito mostrar al público. Usted también, cuando se deja llevar por un momento agobiante en el que evalúa sus propias heridas más secretas. Lastimamos y nos lastiman.  Le movieron el piso, pero usted también hizo resbalar. ¿Le dolió ser descartado? ¿Por qué no le dolió cuando descartó a otro? Somos todos refugiados de los palacios bombardeados que solo existen en los sueños. Despiertos, lloramos, fingimos, silenciamos, y hasta donamos ropa en un altruismo sincero que peligra anestesiar un vacío mayor que el alma.

¿Llegamos al fin? Lo peor es que no. Al terminar esta lectura volveremos a la misma tierra sitiada de lo que somos: sobrevivientes. La mente se auto defiende acumulando nuevas informaciones para envejecer instantáneamente el golpe sórdido de la tragedia anterior, como un mensaje indigesto que se pierde rápido en la línea del tiempo del grupo animado de WhatsApp lleno de memes. Son tiempos de efemérides bajo la mirada de felicidad descartable. Al final, si algunos recibirán ropa de marca al pie del árbol, otros en una vereda fría esperan el tren del rescate, todos se nivelarán por la misma búsqueda de retardar la muerte. O, por lo menos olvidarla. Esa, sí es el verdugo implacable, la peor de las peores. Solo cuando la vida se apaga notamos cuánto buscamos elevarnos para vivir un poco más.

Por eso, en mi cautiverio de Alepo, intento asirme a la única expresión que amenice mi dolor. ¡Que realmente lo resuelva! Es mayor que perdón, aunque en él nos liberemos de quien no nos dio atención. Ni es amor, aunque sea el único lenguaje del Cielo y que solo pronunciamos letras por ahí. Tampoco es fe, capaz de mover montañas, en los interminables valles de cada día. Y ni seguridad, ideal fugaz que se deshace en la próxima esquina.

¿Sabe cuál es? ¡Esa misma! Repetida, prometida y hasta desgastada. De mero amuleto a un mantra decorado, siempre en peligro de escurrirse a una zanja común. ¿Qué palabra?

Esperanza

¿De nuevo ella? Sí, solo ella me desvía de Alepo. Sin ella solo queda esta fuga que llamamos vida. La esperanza es la expresión oral de mi Dios real. Única capaz de poner algunas gotas de combustible en mi jornada siempre hacia delante. Ella me grita: “Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4). ¿Quiere más? “Bendito sea Jehová,

porque ha hecho maravillosa su misericordia para conmigo en ciudad fortificada” (Salmos 31:21). ¡Es eso! En la zona de mis guerras, donde ni la ONU entra, Dios ya está allá, o mejor, bien aquí.

¿Puedo compartir algunas sugerencias prácticas para mantener la esperanza?

No espere de nadie lo que solo puede venir de Alguien. Cada vez que usted cuenta con las criaturas más que con el Creador, se sentirá menos de lo que realmente es. Nadie incauta la búsqueda de su felicidad. Por lo tanto, no se ilusione. Solo quien muere por usted es perfectamente capaz de vivir por usted. Es leer y hacer: “Espera en Jehová, y guarda su camino, y él te exaltará para heredar la tierra” (Salmo 37:34).

Haga del dolor su aliado de oración. “Escucha, oh Dios, la voz de mi queja” (Salmo 64:1). Solo de rodillas sus lágrimas serán semillas de gigantes. En los depósitos celestiales existen sorpresas extraordinarias que dependen de su súplica. Y Dios sabe lo que es mejor de lo que usted considera mejor. Luche con él, luche hasta contra él, solo que no luche sin él, pues quien ora más aguanta más.

No culpe al tiempo sin un pasatiempo. ¿Usted también cree que Jesús está demorando demasiado? Somos dos, y otros innumerables. Por eso él compactó la fórmula mágica contra la impaciencia de la espera en una sola expresión: ID (Mar. 16:15).

Al final, el tiempo es relativo, pero el llamado al compromiso es absoluto. Tenga una causa, defienda una bandera, alístese en las filas escasas de quien tiene una actitud. Y ¿quiere saber? La realización de la promesa pronto llegará.

Perdonar es su vuelo de libertad. ¿Le pisaron el pie? ¿Lastimaron su autoestima? ¿Crucificaron sus sueños con clavos traicioneros? Usted decide: quedarse como rehén de alguien a quien no le importa, o sobrevolar el odio perdonando para liberarse. Yo sé cuán difícil es, la frustración duele, pero es mejor llevar cicatrices en el ama que heridas abiertas inflamadas por la venganza. Usted quedará más liviano, ¡créalo!

La familia es todo. La mayor injusticia de la humanidad es ser ingrato con quien realmente vale la pena. Agendas, negocios, asenso profesional, vida que no se detiene, todo eso parece más de lo que es. Quiere saber, en la hora de la muerte, o de la jubilación, nadie piensa en los clientes, contactos o aplicaciones bancarias. Todo lo que usted deseará es tener a su familia cerca. ¿Qué tal acortar la distancia con quien estará allá mientras dura el tiempo?

Hable menos. Esto es medio sórdido, lo sé, pero sepa que quien busca su felicidad no necesita escuchar mucho, y quien no se interesa no querrá escuchar nada. Guarde sus vestidos de colores de José sin estar desfilando por ahí. Quien vive por algo más y mayor no se reduce a la pasarela de la vanidad. Y descubrirá además muchas cosas preciosas que con la boca siempre abierta, los ojos no observaban.

Deje actuar a Dios. El tiempo es la herramienta divina para revelar los verdaderos propósitos del corazón humano. La cuestión es que no soportamos aguardar el tiempo de él. Pero, si usted recibió heridas sin haber herido, no se lastime más intentando hacer justicia con sus propias manos. Además de débiles, son humanas. Crea que la fe resignada puede hacer lo que Dios puede hacer y él lo defenderá.

La solidaridad es una autoayuda. ¡Calma! No me juzgue con precipitación. Quedo lejos de cualquier filosofía humanista de poderes extraordinarios a un ser humano que se cree capaz de solucionar sus propios problemas. No es eso. Solo que hacer el bien es un péndulo que siempre vuelve, y quien distribuye panes no pasa hambre. Bendición compartida es bendición multiplicada. ¿Qué tal ser menos de lo mismo y más de lo que pocos son? Ayudar al prójimo va más allá de la Biblia, tiene que ser práctico. Una buena sorpresa está garantizada.

Agradezca. “Dad gracias en todo” (1 Tesalonicenses 5:18). Depende de usted, pero nadie va a vivir mirando lo que le falta, o celebrará lo que ya tiene. La especialidad del enemigo es cambiar las etiquetas de precios en la colección de valores personales de cada uno, dando más valor a lo superfluo y subestimando lo que vale oro. ¿Qué tal ser más agradecido por los mensajes que el Cielo le da de que no todo está perdido? La ingratitud es una bofetada en la cara del corazón, comenzando con Dios. No sea mal agradecido con quien lo ama mucho.

Finalmente, volviendo al epicentro que me provoca recordar que existe esperanza para el mundo de Alepo; existe un reflejo de luz divina aún en el fondo del pozo; y sobran promesas derramadas de la cruz destinadas exclusivamente para usted. Que venga más de una Navidad, de un pesebre, y sí, del renacimiento personal de cada uno. Es eso lo que sucede cuando los tiestos de lo que nos hiere se convierten en materia prima en las manos del Creador, nos recrea. Entonces, la sucesión de finales de año que no terminan se revertirá en el minúsculo comienzo de un para siempre. Jamás desperdicie esto. Pues todo lo que tenemos es la oportunidad única de una vida por toda la eternidad con Dios. Y él puede, lo hará, porque ya lo hizo.

Viva Navidad.

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