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Odailson Fonseca

Odailson Fonseca

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Innovación joven bajo una perspectiva inteligente

La sangre verdadera de los Pókemons de Niza

o-sangue-verdadeiro-dos-pokemons-de-niceDos escenas, trágicamente antagónicas. Una juega, la otra mata. Mientras que de un lado de la calle los celulares se convierten en diversión, del otro los cuerpos están esparcidos por el asfalto. Millones de descargas en minutos, más de 80 muertos en segundos. Dos mundos, uno real y otro virtual, sueltos en direcciones opuestas a la necesidad humana de algo más.

Confieso que me sorprendieron profundamente estas dos informaciones que se mezclaron vorazmente en mi panteón de ideas. Al presenciar tal contraste, no puedo quedarme quieto. Vivimos en un mundo que clama aterrorizado por la intervención divina que diga “basta”, mientras se distrae peligrosamente en la zona de confort del “todavía no”.

Desde hace pocos días, el mundo está siendo testigo de la fusión de la tecnología y el entretenimiento: llenos de celulares en las manos, los seres humanos salen a las calles para buscar de manera real personajes imaginarios que solo aparecen en las pantallas digitales. Eso es el Pókemon-GO, una verdadera fiebre que ya ha sobrepasado el alcance acelerado de las mayores sociales, como Facebook y Snapchat. En todos los lugares donde se lanzó, dicen que es diversión garantizada para quienes quieren sumergirse en la realidad aumentada para interactuar “en vivo” con cosas virtuales, con escenarios reales a través de dispositivos móviles. Sin embargo, también hay peligro a la vista: a pocas horas del lanzamiento de este juego pandémico, ya se han visto automóviles que chocaron contra árboles y postes por la distracción irresponsable de conductores que andan “en búsqueda Pókemons de mentira” mientras manejaban de verdad. En Brasil, el juego aún no llegó, pero llegará pronto, y sin dudas arrebatará a millones de jugadores que también caminarán buscando animalitos virtuales en experiencias reales.

Hace pocas horas, nuestro planeta también asiste atónito a otro sorprendente acontecimiento, pero esta vez no hay ningún motivo de gracia, sonrisa o diversión. Por el contrario, la demostración intolerante de la crueldad humana esta vez se aprovechó de los lindos fuegos artificiales para esparcir el terror, llevándose vidas inocentes. En la preciosa ciudad francesa de Niza, durante el espectáculo familiar de la celebración de la Toma de la bastilla, un camión aceleró de manera implacable contra una multitud desatenta que solo se dio cuenta de la tragedia cuando ya estaba sucediendo. Por más de dos kilómetros de la bellísima Costa Azul, en el Mar Mediterráneo, el pánico se instaló, mezclando la desesperación de quien huía sin horizonte con la sangre de los cuerpos atropellados sin misericordia. Hasta ahora, entre adultos y niños, familias e inocentes, fueron 84, en otra acción cobarde del terrorismo que nos asombra.

¿Vio cuando se golpea tantas veces en el mismo lugar que después de un tiempo el golpe ya no parece golpe? Este es el tema que me arrancó de la cama ese día de madrugada. Los aeropuertos explotan, hay balaceras en centros de baile, los extremistas decapitan y hay balaceras en clubs de baile y casas de espectáculos, los drones matan civiles, los locos invaden escuelas, los extremistas decapitan turistas, y todo eso sucedió en menos tiempo que la mitad del intervalo de dos Juegos Olímpicos.

La blasfemia del mal que destroza vidas y sueños se ha repetido tan hipnópticamente que, si no se cuidan, amortizamos la realidad grotesca de este mundo como si fuera un escenario irreal. Convertido en sangre digital, en la pantallas de nuestra vida cotidiana, el desconsuelo del alma corre peligro de crear una anestesia con la crueldad constante y torturadora que coquetea con nosotros en cada noticia que parece salir más de un cuento tenebroso que de las calles cotidianas por donde late nuestro corazón.

El problema no es cuando los personajes virtuales parecen de verdad, pero cuando la maldad real parece de mentira. Una cosa es el juego de buscar seres que no existen, otra es la seriedad de perderse delante de la desgracia que existe. “Mirad que nadie os engañe” (Mateo 24:4), la Palabra de Dios nos alerta impacientemente del peligro moderno de relativizar lo que es absoluto, o relativizar lo que es real: este mundo está bajo la ira devastadora del mal y exhala su aliento de sobrevida a las puertas del final de los tiempos.

Realidad urgente

 ¿Será que, realmente, estamos siendo norteados por esta impresionante y urgente realidad? “porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá” (Mateo 24:21). ¿Lo que Cristo previó está con convulsionando delante de nuestros propios ojos, y el mayor peligro? Continuamos jugando Pókemon como que haciendo un videojuego de la clara evidencia de que el mal es real, la muerte es real, el pecado es real y, sobre todo, el Gran Conflicto entre la luz y las tinieblas es real. “Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra” (Apocalipsis 12:9). ¿Entiende la gravedad de eso? Cada repugnante acto de la maldad humana se mueve como si fueran piezas de un tablero maligno cuya estrategia de guerra contra Dios busca destruir la paz, el amor y eclipsar la promesa.

Mi corazón llora con impaciencia por los familiares desconsolados de las innumerables historias atropelladas por agentes del mal. El terrorismo es cobarde, cruel y vil. Toda y cualquier acción extremista, que agrede y mata inocentes en un intento de lavar su propia alma culpable es más que miserable, es diabólica. Y ni en el cielo ni abajo en la Tierra, existe cualquier prerrogativa universal de que una “limpieza” del pecado o la higienización de los pecadores se deba hacer con falta de respeto, intolerancia y odio. Es por eso que creo en la gracia con todas las fuerzas de mi existencia, y me consuelan las demostraciones inmensas del amor de este Dios que “amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Creo en ese Dios, absorto en tanto amor dentro de sí mismo que, en vez de matar infieles para defenderse, muere para rescatar a quienes no tienen valor.

Solo tenemos la única e inalienable actitud: no acomodarnos a lo que molesta al mismo Dueño del universo. “Estamos viviendo en el tiempo del fin. El presto cumplimiento de las señales de los tiempos proclama la inminencia de la venida de nuestro Señor” (Testimonios para la Iglesia, t. 9, p. 11). Esta importante alerta es más que un efecto de la realidad aumentada, es la propia realización de la promesa de que Dios, muy pronto, hará nuevas todas las cosas, y eso incluye un “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Apocalipsis 21:1).

Y a ese lugar vamos.

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