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Heron Santana

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Iglesia Relevante

Estudios y acciones innovadoras que promueven cambios sociales y ayudan a la Iglesia a ampliar su relación e interacción con la sociedad

El hiperconsumo y la colonización de la vida espiritual

o-hiperconsumo-e-colonizacao-da-vida-espiritualNo hay cuidado en reconocer a la familia y su papel social, las instituciones son tratadas con indiferencia, los valores fueron invertidos y perdieron su relevancia; no hay futuro previsible y tal vez por eso no hay esperanza y hay un único dogma, que es consumir, cada vez más, cada vez más rápido, cada vez más concentrado en la experiencia sensorial del consumo. Tal vez una de las grandes tragedias del mundo en que vivimos hoy esté sintetizada en este párrafo: comunidad para consumo, relaciones sociales para consumo, vida para consumo. El consumo como fin, principio y medio. El consumo como ideología dominante. La religión incuestionable y esencial de los nuevos tiempos, con devotos concentrados en los millones de shoppings centers que se proyectan cada vez más como templos del consumo.

¿Hay salvación para eso? ¿Hay manera de evitar lo que esta cultura es capaz de hacer, por ejemplo, contra el sentido de colectividad que siempre dio la base para las relaciones sociales, la noción de comunidad, el deseo de ser parte de un grupo, o una asociación, o calle, barro, ciudad; y pensar colectivamente sobre formas de vivir que sean buenas y adecuadas para todos? El desafío es mantener un valor tan caro para la condición humana, citado inclusive como principio de la Iglesia Adventista del Séptimo Día al lanzar las bases de la comunión, del relacionamiento y de la misión, en una época donde el individualismo se asocia al hiperconsumo para llevarnos a tener más relaciones con objetos que con personas. Jean Baudrillard, sociólogo y filósofo francés, teórico de la posmodernidad y uno de los heraldos del malestar contemporáneo, escribió que vivimos el tiempo de los objetos. En el libro La sociedad de consumo, él reflexiona que el conjunto de las relaciones sociales es más con cosas que con personas. De ahí usted entiende la fascinación por un nuevo smartphone, o aquella red social recién lanzada, o la era de los aplicativos, entiende hasta porqué tanto frenesí por el Pokemon Go. Para Baudrillard, la era de las cosas es la era de la colonización de nuestra vida espiritual. Lo que sobresale de esa ecuación es el individualismo y la soledad.

Prozac, Cipralex, Prozen, Benepaz. Esta es la era triunfante de los antidepresivos. La Organización Mundial de la Salud divulgó un estudio que señala a la depresión como la segunda causa principal de enfermedad a escala mundial hasta 2020, siendo superada solo por las enfermedades cardíacas. Usted reflexiona sobre eso y comienza a percibir que depresión es lo que queda si no hay más en quién confiar, si las instituciones están debilitadas, si nada logra llenar el vacío espiritual, si el consumo incesante buscado como alivio capaz de ofrecer algún sentido, por lo menos durante un poco de tiempo, parece perder su efecto. En otros casos, ese vacío es llenado por la violencia, por las drogas, por las compulsiones, por el fanatismo.

¿Es un tiempo sin esperanza? La fe y la vida en una comunidad religiosa han proporcionado un escape para toda esa presión y un reajuste en la relación de las personas con el tiempo y con sus expectativas de futuro. El mayor desafío de las iglesias, para mencionar apenas esta institución, es desviarse del camino fácil de proyectar un nuevo ethos pautado por las relaciones de consumo. La fe en el consumo, embalada por la cultura de lo descartable, no parece ser una propuesta coherente y capaz de sensibilizar las mentes en choque. Para un mundo que intenta hacer equilibrio en una cuerda, como un practicante vacilante de cuerda floja, entre la incerteza y la inseguridad, la unidad de sentido, la seguridad y la identidad comunitaria representan una oportunidad para las religiones.

Busqué para este último parágrafo una reflexión maravillosa del filósofo Gilles Lapovetsky, teórico de la hipermodernidad. Le recomiendo que busque y lea el artículo Tiempo contra tiempo, o Sociedad hipermoderna. Allá está escrita una perla de esperanza para las religiones y una oportunidad inigualable de reflexión sobre nuestro papel ante el malestar del mundo hipermoderno y de la presión cada vez más sofocante de la industria del consumo:

“La racionalidad instrumental expande su dominio, pero eso no elimina ni la creencia religiosa, ni la necesidad de referirse a la autoridad de una tradición. Por un lado, el proceso de racionalización hace disminuir cada vez más la ascendencia de la religión sobre la vida social; por el otro, él, con su propio movimiento, recrea exigencias de religiosidad y de enraizamiento en un ‘linaje creyente’. También aquí evitemos identificar las nuevas espiritualidades con un fenómeno residual, una regresión o arcaísmo premoderno. En realidad, es del propio interior del cosmos hipermoderno que se reproduce lo religioso, en la medida en que ese cosmos genera inseguridad, confusión referencial, extinción de utopías seculares, ruptura individualista del vínculo social. En el universo incierto, caótico, atomizado de la hipermodernidad, crece también la necesidad de unidad y de sentido, de seguridad, de identidad comunitaria: es la nueva oportunidad de las religiones”.

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