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Heron Santana

Heron Santana

Iglesia Relevante

Estudios y acciones innovadoras que promueven cambios sociales y ayudan a la Iglesia a ampliar su relación e interacción con la sociedad

El Álamo y la planificación de la Iglesia

No hay más idioma o barrera transcultural en el Álamodome, el moderno estadio con capacidad para 65 mil personas, construido en 1993 y sede del popular San Antonio Spur, equipo de basquet americano, campeón de la NBA en 2014. No hay espacio para extrañezas provocadas por la incapacidad de diálogo entre pueblos que vinieron de varias partes del mundo a este lugar, entre el centro y el sudeste de San Antonio, la bella ciudad americana de Texas, estado situado en el sur de Estados Unidos.

No hay espacio para nada de eso porque toda la adversidad de los malentendidos causados por el desconocimiento de la lengua del otro, del idioma extraño, fue superada por la ola avasalladora de sonrisas, abrazos, simpatías, emoción, alegría incontenida por la participación de un momento histórico para la Iglesia Adventista del Séptimo Día, que recorrió esta bella ciudad tejana para albergar su 60º Congreso Mundial. Vea el intercambio de sonrisas y abrazos entre africanos y asiáticos, por ejemplo, y entienda por qué somos una familia en Cristo, y por qué el Evangelio, el idioma de las buenas nuevas, la esperanza que nos une, es capaz de posibilitar el encuentro de una familia mundial incapaz hasta de intercambiar algunas palabras.

Este sentimiento al mismo tiempo extraño y deslumbrante, pareció esparcirse por las calles de San Antonio. En todas partes, era posible ver adventistas del séptimo día. La ciudad se preparó para recibir a diversos pueblos. En un simple recorrido de taxi, antes de seguir con el servicio, el taxista pregunta: “¿Ustedes son adventistas del séptimo día?”, para comentar, a partir de la respuesta afirmativa a su pregunta, cómo este grupo cristiano ha sido observado por la población nativa.

Si afuera del Álamodome hubo esa conmoción, dentro del estadio lo que se percibió fue inspiración. La Iglesia pareció señalar el deseo de buscar la misma inspiración que permitió el Pentecostés y que transformó a pescadores en gigantes misioneros. Y esa inspiración trajo algo vital para el futuro de la Iglesia y el progreso de su misión: el sentido de unidad, el deseo de estar juntos para que el tan deseado pentecostés contemporáneo ocurra. Fuera de esa unidad, será difícil alcanzar tamaña gracia.

Había una expectativa durante este congreso sobre la existencia de tensiones provocadas por la votación de la pauta más esperada, el tema de la Teología de la Ordenación, estudio que contenía la ordenación de la mujer. Se corría el riesgo de rupturas aún durante las observaciones de los delegados que anteceden a los votos, la sensación de los aplausos, la amenaza en el estadio de asistir de repente a algo al que está acostumbrado: la disputa deportiva, la rivalidad que podría confrontar a la iglesia norteamericana y la europea contra la iglesia latina y africana. Pero aún, en ese momento de especial tensión, lo que se percibió fue la lucha férrea, el esfuerzo inusual, la acción más allá del límite para tratar de preservar esta unidad. Hay una misión que cumplir en un mundo cada vez más complejo. Y esta no será una tarea que concluirá una iglesia en pedazos; no será de ese modo como se alcanzará un mundo ya bastante fragmentado.

Fue emocionante ver a la Iglesia decidiendo, unida, su marcha de aquí en adelante, reafirmando puntos de su manual, acompañando informes, votando asuntos importantes para colaborar con su propósito misionero. Iglesia diseminada en varias naciones, sin preocupaciones geopolíticas, capaz de no ceder a reclamos con el espíritu agitado (perturbado) de la época. ¿Qué Iglesia emergerá del Álamodome? La impresión que se tiene es de una Iglesia que sabrá navegar en esos mares nunca navegados, soportando tempestades a lo largo de la jornada, pero bendecida por el poder sobrenatural de Dios, con fuerza y disposición necesarias para llegar al fin del camino y concluir su misión. Fue la sensación que tuve, casi una epifanía, al oír el llamado emocionado del pastor Artur Stele, director del Instituto de Investigación Bíblica: “no podemos quedar sentados sobre el pan, decidiendo quién va a entregar el pan, cuando allá afuera hay un mundo con hambre”.
La misión es nuestra bandera, preconizó el líder sudamericano de la Iglesia, pastor Erton Köhler, corroborado por el líder de una de las divisiones africanas, pastor Gilbert Wari. Es la misión la que nos planifica, para usar la extraordinaria metáfora del periodista Thomas Friedman, un análisis político y sobre todo económico sobre cómo el progreso de la globalización fue capaz de nivelar fuerzas donde antes había solamente desigualdades. La Iglesia está cada vez más pareja. Las barreras se vuelven obsoletas. El carácter global de nuestra misión nos obliga a marchar juntos y nivelados, aún viviendo en un mundo que desafía nuestros ideales y convicciones, alimentados por la Palabra de Dios. Como dice el pastor Ted Wilson, líder mundial de la Iglesia, no tenemos más Urim y Tumim- nombre dado a un antiguo procedimiento israelita para descubrir la voluntad de Dios sobre eventos futuros- pero tenemos el poder del Espíritu Santo señalando la dirección a seguir.

En la historia de San Antonio, hay un emocionante registro del Álamo, una expedición misionera dispuesta a evangelizar a los nativos del lugar, transformado en un fuerte para combatir fuerzas mexicanas dispuestas a ocupar el territorio. El Álamo, tan enfocado y unido en torno a su misión, inspiró a Texas a luchar por su independencia. Asistir a un congreso de la Iglesia en un lugar con este background histórico tuve la agradable sensación de que nuestra Iglesia no se desanimará, cumplirá su misión y cantará, por última vez: “Jesus Is Coming”, en ocasión de ese acontecimiento tan esperado y que nos llena de esperanza por varias y varias generaciones. Llegó la hora de levantar la bandera con más fuerza.

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