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Herber Boger

Herber Boger

Primero Dios

Historias y pruebas de fidelidad a Dios en todos los momentos y circunstancias de la vida.

El precio del desprendimiento

Imagine cómo sería recibir la llamada del presidente de una sede administrativa de la Iglesia Adventista con la noticia de que usted fue elegido para trabajar en uno de los países más peligrosos del mundo. Allá por 1910, los cristianos constituían el 14% de la población. Hoy son apenas el 4%, resultado de la emigración, de las tasas bajas de natalidad y de la represión que amenaza la religión.

Entonces él le pasa alguna información. “Usted será el primer misionero enviado a este lugar. La región es desértica y la temperatura llega a los 52º”. Un detalle que usted descubre al llegar allá es que el avión desciende en espiral, porque la ciudad está a menos de 40 km de otra dominada por el Estado Islámico, y es peligroso ir aterrizando antes debido al riesgo de que la aeronave sea abatida. Para ir, usted se desprende de casi todo lo que tiene y lo que queda cabe en dos maletas. En el primer mes un coche bomba explotó en su barrio, matando a personas en frente de la embajada estadounidense.

Lo que para muchos parece locura, para los misioneros era un sueño: trabajar por y amar a personas que no pidieron que ellos estuviesen allá. Al visitarlos algunos meses atrás, pude ver la felicidad de este sueño siendo realizado. Abajo están algunos de los principios que hicieron que ellos aceptasen el desafío.

  1. El desprendimiento es el remedio contra el egoísmo  

Para la “generación desapego, desprendida, fresca”, demonstrar interés es señal de debilidad. Sólo que el “desapego” de esta generación es un desahogo del conservadorismo. Todo pasa a ser descartable, hasta las mismas personas con sus sentimientos. Todo lo que amenaza su voluntad de ser feliz debe ser eliminado, es lo que piensan. Por otro lado, la sensación de apego puede traer sentimientos avasalladores. Personas que están ligadas a cosas sufren de más cuando pierden algo o deben dejar alguna posición o lugar. La escritora norteamericana Ellen G. White afirma: “La benevolencia constante y abnegada es el remedio de Dios para los pecados ulcerosos del egoísmo y la codicia”. [1]

Así que, llegamos a una pregunta: ¿usted renunciaría a todo, literalmente, ante un llamado como ese? Las consideraciones de su respuesta son su precio de la renuncia del desprendimiento.

Esta fue la actitud de las 25 familias que se desprendieron (y de las más de 130 que se candidatearon) de todo lo que tenían en América del Sur durante por lo menos cinco años. Ellas nos hacen reflexionar en nuestras renuncias pequeñitas que tenemos que hacer cada día. Renuncias a las cosas y las voluntades del “yo” en nuestras relaciones.

Una de las historias chocantes que encontré en este viaje fue la de una mujer que decidió ser bautizada en Oriente Medio. Como consecuencia, su marido la procesó en la justicia y pidió 30 mil dólares de indemnización en una ciudad en la que se llena el tanque del auto con apenas 5 dólares. Además de eso, él habló para que ella nunca más viese a sus hijos y que saliese de casa sólo con la ropa que tenía puesta.

En Brasil encontré a alguien que se había negado por tercera vez a un llamado para trabajar en otra capital del País. Él fue sorprendido a la noche, antes de dormir, por el recuerdo de este grupo de misioneros y así que acordó dar señal positiva de que iría.

  1. El desprendimiento genera verdadera felicidad

Al desprendernos de algunas cosas importantes para nosotros, una amplitud de oportunidades se presenta, como afirma Ellen White. “La verdadera felicidad será el resultado de cada negación propia, cada crucifixión del yo. Ganada una victoria, la siguiente se obtendrá más fácilmente”. [2]

Creo que hay equilibrio en el contentamiento, porque lo contrario es fruto del egoísmo. Cuando nuestra hija lloró mucho por perder un juguete que le gustaba, aproveché para fortalecer un concepto espiritual. Le dije: “Hija, todos los juguetes van a quedar aquí abajo cuando Jesús vuelva. Ellos se van a quemar un día”. Mi intención era enseñar el desprendimiento de las cosas.

No hay equivalencia para la palabra “cosa” en el hebreo bíblico. El término “davar”, que en esa lengua vino a designar “cosa”, significa hablar; palabra; mensaje; informe; noticia; consejo; pedido; promesa; decisión; sentencia; tema; historia; dicho; declaración; actividad; ocupación; actos buenos; eventos; modo; manera; razón; causa, pero nunca “cosa””. [3]

Algún tiempo después, ella aprendió a escribir su nombre y en una ocasión me llamó: “Papá, ven ver la letra de mi nombre que hice”. Ella me tomó de la mano y fui contagiado por su entusiasmo hasta el garaje, cuando vi la letra “E” rayada en la puerta del auto. Ella vio en mi rostro que el entusiasmo acabó en aquel instante. Muy rápida, justificó: “Papá, el auto tampoco va a ir al cielo, ¿no? ¡Se va a quemar también!”

Nuestra cosmovisión bíblica precisa estar en el corazón de forma tan viva y simple como una niña de dos años y medio es capaz de expresarse rápidamente. “Satanás está poniendo en juego su reputación para apoderarse de cada alma. Sabe que la compasión es una prueba de la pureza y de la abnegación del corazón, por lo cual hará todo esfuerzo posible para cerrar el corazón a las necesidades ajenas, y lograr que seamos insensibles al dolor. Recurrirá a muchas estratagemas para anular las muestras de amor y simpatía. Así fue como arruinó a Judas”. [4]

Le sugiero hacer una lista de cosas descartables. Quién sabe puede ser dinero a más para una mejor inversión. Cosas nuevas tomarán el lugar de las antiguas. Los sentimientos serán renovados. Una amplitud de oportunidades surgirá delante de usted. Y si alguien le llamara, estará listo. Sirva de todo corazón y con alegría con los dones que Dios le dio, pero con una inquietud en el corazón: la de hacer siempre más y mejor donde estuviere.

Y cuando Jesús vuelva, su vida no se resumirá en dos maletas, ni siquiera en la ropa que estuviera usando, sino a la vida eterna e inimaginable aquí. Ponga primero a Dios delante de todas las decisiones y “él te concederá las peticiones de tu corazón” (Salmos 37:4).

Referencias:

[1] Ellen G. White. Testimonios para la iglesia, t. 3, p. 601.

[2] Ellen G. White. Recibiréis poder, p. 356.

[3] Abraham Joshua Heschel. O Schabat. Perspectiva, 2004, p. 17.

[4] Ellen G. White. Testimonios para la iglesia, t. 6, p. 267.

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