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Fabiana Bertotti

Fabiana Bertotti

En la Vida Práctica

Periodista y escritora, quién escribe en este espacio sobre el comportamiento humano.

Unidad

Tal vez un psicólogo pueda explicar mi recelo a estar fuera de la fiesta. Incluso voy a trabajar esto en terapia donde, probablemente, el profesional me preguntará sobre mi infancia y yo le contaré que soy hija de inmigrantes, refugiados del Nordeste; que desde niña entré por la puerta trasera, comí en la cocina con los empleados y que soñaba con tener la muñeca de la hija del patrón. Eso de cierta manera explica algunas cosas, como ese malestar cuando veo personas que discriminan a los más débiles en la cadena productiva capitalista, una cierta desconfianza por alguien que tiene el poder y una vocación para congregarse. Soy alguien a quien le gusta tener personas cerca. Siempre intento ver las semejanzas en vez de ver las diferencias y creo en lo que se denomina unión.

La edad y el tiempo, y el tiempo que sumaba edad, fueron mostrándome que ese no es el ideal de todos y que existen personas realmente interesadas en la mejor silla, en una mejor posición, en un regalo más grande, en el auto más caro, en una vestimenta más distinguida, en el zapato más famoso. Es nuestra naturaleza degradada la que busca la soberanía entre nuestros pares, en medio de una corrida insana y patética por la superioridad. Y, al final, ¿quién es tan superior? Estoy construyendo mi propia respuesta a esa pregunta. Y esa respuesta cambia según el ambiente, y en relación a la Iglesia, entra en conflicto. Es que la seguridad de ser una “nación santa”, “real sacerdocio”, confunde a algunas personas y hasta yo misma, mire usted, ya fui presa de este engaño.

Ser un pueblo separado, dedicado a una misión especial no me hace estar en un lugar VIP, ni me da un brazalete especial para el acceso restringido a la mejor ubicación en el Cielo. Por lo menos hasta donde entendí de otras partes de la Biblia que me manda a ir a “hacer discípulos”, o esa parte que me dice que soy miserable y que estoy destituida del perdón de Dios. Ahí me deja perpleja el hecho de que creemos que existe solo UN modo de predicar, UNA manera de vestirse, UNA manera de cantar, UNA manera de pertenecer a Dios. No se trata de un problema nuevo. En Marcos 9:38-40 tenemos una historia similar a este problema cuando Juan se dirige a Cristo y comenta: “hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos seguía”.

Claro, en la cabeza elitista de Juan (y fíjese que él era excluido de otros grupos como, por ejemplo, la de los fariseos), si las personas no estaban en su grupito, entonces no podían adorar a Dios, pero Jesús les da una lección fantástica y va al principio de las cosas, no se queda en la orilla. “No se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre, que luego pueda decir mal de mí. Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es”. ¡Increíble! Es característico en nosotros el formar grupitos, pero Jesús enseña con destreza que su causa no es solo de un grupo y que si la causa es de él, ¿quién es usted, o nosotros, para excluir? Dentro de la misma denominación o en relación a otras denominaciones, existe una persecución encubierta y descarada, un intento por desacreditar al otro como para dar validez a nuestra postura, nuestras creencias.

Bueno, aprendí con Cristo que quien lo anuncia no puede hablar mal de él, y mi papel no es el de un policía, pues él no necesita defensores, sino testigos. A mí me corresponde dar mi mejor testimonio de él, y lo mejor de él es el amor que debe ser cultivado todos los días. Bueno, usted sabe cómo es: quien ama no tiene tiempo para agredir. Lo que me lleva de nuevo a la pregunta que atormenta: Al final, ¿quién es tan superior? Ya tengo una parte de la respuesta y con seguridad no es quien debe gritar y despreciar para confirmar su propia fe y verdad, pues ser santo es ser como una dama: si todo el tiempo tiene que decirlo, es porque no lo es.

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