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Fabiana Bertotti

Fabiana Bertotti

En la Vida Práctica

Periodista y escritora, quién escribe en este espacio sobre el comportamiento humano.

Deja de disculparte

En general, me gusta pedir disculpas, pero me cuesta hacerlo cuando sé que la culpa no es toda mía, pero sé que si esta palabrita mágica es pronunciada, puede evitar la “Tercera Guerra Mundial”. Es una satisfacción del deber cumplido, parecida a la que vivo después de correr cinco kilómetros diarios, incluso en una mañana fría y lluviosa. Algo como “sé que necesito, sé que no lo necesito tanto, pero sé que será muy bueno después”. ¿Entendiste la esencia?

Obviamente, ya que el tema fue dar disculpas, no necesito hacer alarde para contarles que da un cierto alivio también recibir las disculpas, después de la pena del mal entendido. No resuelve, no cura totalmente, pero mitiga. Es el agua con jabón que a los pocos días ayuda a eliminar la infección. Es algo como “el que paga la cuenta, disminuye la deuda”. ¿Entendiste bien? Disculpa si no fui tan clara. Este tipo de disculpas me gusta. Solo que hay una que no. Es la disculpa por no intentar, por no hacer, por no ir hacia adelante y no actuar. A ésta la abomino. Creo que tú también, cuanto más porque siempre es el letrero que tiene pegado en la cara aquella persona que de hecho no se esfuerza para resolver una tarea, o constantemente va en dirección opuesta a la que debería, confiando que un simple “disculpa” resuelve la situación y explica su error.

Existen personas que conscientemente se equivocan, quieren equivocarse, hieren y se muestran despectivos del sufrimiento que provocan esbozando un “disculpa” como código social que lo exime de la consecuencia. Como ese hijo que siempre provoca y ofende a los padres, o esa madre que siempre se descontrola y le pega a los hijos, o ese empleado que siempre llega tarde o se queda menos de lo que debería, o ese jefe que asedia a sus empleados. Muchos comportamientos enfermizos no son descartados o tratados porque se escudan en la tal disculpa.

También está esa otra disculpa, parecida a esta, pero un poquito diferente. Es la de la gente perezosa, sin ánimo, vanidosa del éxito. Es ese alumno que siempre inventa algo para justificar las constantes derrotas estudiantiles, es la gente grosera que culpa al pasado por ser idiotas hoy en día, es ese divorciado que siempre culpa al otro cónyuge por sus fracasos sucesivos, incluso después de años.

El otro día escuché algo de una persona que intentaba proteger a un individuo que fue grosero conmigo. El protector me pidió que yo fuera más dócil con el fulano en cuestión, porque él había tenido una infancia difícil, sin padres, sin dinero, sin educación formal, en fin… incluso eran buenas disculpas. Pero esto no es disculpa, o mejor, lo es, pero incoherente. Conozco mucha gente (familiares, incluso) que tuvieron problemas iguales o peores, que miraron de nuevo a su situación y en lugar de acobardarse con la autopiedad, hicieron de aquello un trampolín para algo mejor. Gente que hoy tiene formación, carrera, familia, dulzura y aprecio por sus semejantes que ninguna escuela cristiana les habría podido inculcar.

No importa cuán difícil sea o haya sido su vida, cuántas dificultades haya pasado o cuán molestosas hayan sido las personas a su alrededor. Simplemente no hay disculpas para la inercia. Antes de pensar en una disculpa, aquí, al leer este texto, piense en cuánto podría haber hecho si solamente se moviera. No tiene que ver con su vida, sino con su carácter, con las verdaderas ganas de cambiar, de ir hacia adelante y superar, muchas veces, lo que las circunstancias le dan por sentado.

Es tu vida, es tu oportunidad. Sin disculpas, por favor.

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