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Diogo Cavalcanti

Diogo Cavalcanti

Apocalipsis

El Universo de las profecías bíblicas y sus respuestas para la inquietudes actuales

Cuando Dios va al exilio

quando-deus-vai-para-o-exilioEn la columna de julio  El hierro y el barro al extremo prometí que el siguiente mes analizaríamos “con más detalles la fascinante visión de Daniel 2 y cómo se relaciona con el panorama actual”. Pero,  sentí la necesidad de abordar las leyes dominicales en Argentina, y aquí estamos dos columnas después. El asunto era el Brexit, o sea, la salida del Reino Unido de la Unión Europea, que hace eco de la sentencia profética de Daniel: “no se unirán el uno con el otro” (2:43).

Además de la lección básica sobre la secuencia de los imperios: Babilonia, Medo Persia, Grecia (macedónico) y Roma, ¿qué más podemos aprender? ¿Qué lecciones quiso enseñar Dios en la mente de sus hijos cautivos en Babilonia, así como quiere grabar en el corazón de los “cautivos” de un mundo hostil? ¿De qué manera el compromiso con su pueblo y con la humanidad, su presciencia y soberanía interactúan de manera única en esa sección de la Biblia?

En esta columna y en las siguientes vamos a analizar tres aspectos relacionados a la profecía del capítulo 2 de Daniel, comenzando con el inicio del libro.

 Señor de todos

 Nabucodonosor, emperador de Babilonia responsable de la destrucción de Judá, Jerusalén y el templo (Daniel 1:1, 2) extendió su dominio desde Mesopotamia a Egipto, con el reino de Judá en medio del camino entre esas dos civilizaciones. Como el nombre Nəvukhadnetsar (“Nebo protege la frontera”) lo indica, era un siervo del dios Nebo (Nabu), así como de Marduc, el dios principal, y de todo el panteón babilónico. Curiosamente, el nombre Nabu significa “llamar” en acadiano, una lengua babilónica antigua. En arameo y en hebreo, significa “el que fue llamado” o “el que puede profetizar”, muy relacionado a la temática del libro de Daniel.

En la mentalidad oriental antigua, los enfrentamientos entre las naciones representaban el conflicto entre sus dioses. En caso de invasión enemiga y derrota, como la que sufrió Judá en 605, 597 y 586 a.C. para los babilonios, la desgracia se entendía como derrota del dios perdedor ante la divinidad vencedora. En ese caso, Nebo habría triunfado sobre el Dios israelita.

El libro de Daniel comienza con ese plano de fondo: Joacim, rey de Judá y los “utensilios de la casa del Señor” quedaron a merced de Nabucodonosor, quien sitia Jerusalén, mata al rey judío y lleva piezas del templo de Dios a la “tierra de Sinar, a la casa de su dios” (Daniel 1:1,2). Pero el autor bíblico deja claro que fue el Señor (Yahweh) quien los “entregó” (versículo 2).

Note que el detalle de los utensilios se retoma en el capítulo 5, cuando Belsasar hace un banquete con ellos, sellando su propio fin, junto con el del imperio babilónico. Así, en la perspectiva teológica de Daniel, al contrario de la mentalidad religiosa antigua, los dominadores solo actúan por concesión divina y de ninguna manera son superiores por ese hecho. Por el contrario, Dios los usa para un propósito mayor y reciben un legado al cual deben ser fieles, bajo la pena de perder el dominio (Daniel 4:26-33; 5:22, 23).

En la mentalidad antigua, cada dios tenía su propio territorio o jurisdicción y se restringía a una determinada tierra. Naamán, por ejemplo, le pide a Eliseo si puede llevar un poco de la tierra de Israel a fin de adorar a Dios en su país (2 Reyes 5:17). En su comprensión, él necesitaba literalmente de la tierra (suelo) de Israel para adorar al Dios de Israel.

En Daniel, la actividad del Señor (Yahweh) como “Dios de los cielos” no se restringía a un territorio o pueblo. Dios va al exilio con Israel, y los exiliados podían mantener su fe, a pesar de haber perdido su relación umbilical con la tierra de la promesa. Podían conservar su fe todavía estando lejos de Jerusalén y sobrevivir cultural y religiosamente, aun sin un territorio, algo revolucionario para la época.

“Tierra de Sinar”

No es accidental la referencia, en Daniel 1:2, a la “tierra de Sinar” para referirse a Babilonia. Hay una clara intención por detrás de eso. La expresión reminiscente del Génesis refleja el espíritu de oposición a Dios, desde la formación de las primeras civilizaciones. Fue en la “tierra de Sinar” (Génesis 10:10) que el impío Nimrod fundó ciudades babilónicas, incluyendo Babel (Babilonia). Después del diluvio, un grupo partió al Oriente y se deparó con una “planicie en la tierra de Sinar” y se propuso establecer allí una sociedad rebelde (Génesis 11). Abraham luchó contra “Anrafel, rey de Sinar” (Génesis 14:9; otras menciones negativas se encuentran en Isaías 11:11 y en Zacarías 5:11).

Abraham fue llamado a salir de “Ur de los caldeos”, una ciudad babilónica (Génesis 11:28, 31; 15:7), para formar una nación fiel, que reflejara el conocimiento de Dios en la Tierra Prometida. Pero, Nabucodonosor, un rey babilónico arrasó la nación y llevó al pueblo de vuelta a la tierra de los caldeos. Fue una reversión del camino hecho por Abraham.

En Apocalipsis, Babilonia (14:8; 16:19; 18:2, 10, 21) se menciona en oposición a la Nueva Jerusalén (3:12; 21:2, 10). Por lo tanto, a lo largo de la historia bíblica, notamos que el pueblo de Dios fue llamado reiteradamente a salir de Babilonia, comenzando por Abram (Génesis 12:1), pasando por los judíos exiliados (Jeremías 51:45) y, simbólicamente, con el llamado a los dispersos en la Babilonia espiritual, en el tiempo del fin (Apocalipsis 18:4).

La identidad y el futuro de la nación escogida parecían pender sobre el abismo en la Babilonia de Nabucodonosor. El colapso institucional judío (del gobierno y del templo) amenazaba la fe milenaria en el Dios de Abraham. Graves asuntos afligían al pueblo. Al final, ¿se contaminaría al vivir en la rebelde “tierra de Sinar”? ¿La fe en el verdadero Dios estaría en peligro de desaparecer? Si los oficios reales y sacerdotales se habían desmoronado, el ministerio profético permaneció en pie y asumió un papel crucial en ese momento.

La visión sobre la secuencia de imperios de Daniel 2, en última instancia, trata en relación al pueblo de Dios. También revela la naturaleza activa de la soberanía divina, que confía, limita y juzga el poder que entrega a los imperios humanos. El Señor levanta y hace caer a los líderes más poderosos y a los imperios, según la fidelidad de estos a su voluntad, la cual tiene en vista la salvación del mundo. Así, la profecía sobre los imperios nos revela la soberanía divina, nos consuela en nuestro exilio hoy y nos permite soñar con un nuevo amanecer.

 

 

 

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