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Diego Barreto

Diego Barreto

El Reino

Vivir ya el Reino de Dios mientras él todavía no volvió. Una mirada cristiana al mundo contemporáneo.

Como vivir una vida: sencilla

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El ser humano se pasa toda la vida aprendiendo a vivir. “Es un arte” dicen algunos, y de hecho es un desafío común a todos. ¿Cómo vivir? Ningún ser humano deja de hacer esa pregunta innumerables veces en su vida, y pocos son los que encuentran la respuesta para ella.

El reino de Dios da una respuesta

En Cristo la encontramos. Él que es el reino mismo, vivió todo el tiempo para hacer la voluntad de Dios. Nosotros tenemos dificultad de hacerlo. Queremos ser nosotros mismos los dioses, dirigir nuestros propios caminos, conquistar nuestras propias victorias, nos gusta golpearnos el pecho y decir: “Yo lo hice”. Como los fariseos del tiempo de Cristo que “Por sus pecados se habían separado de Dios, y en su orgullo obraban independientemente de él” (Elena de White, El deseado de todas las gentes, p. 178). Nos empecinamos en nuestro orgullo por obtener una independencia basada en la meritocracia. Jesús era de otro espíritu. “Tan completamente había anonadado Cristo al yo que no hacía planes por sí mismo” (ibíd.).

El camino del hombre es su propio camino, pero en el camino del reino, Cristo es el camino (Juan 14:6). Jesús mismo nos enseña como hace para vivir en Juan 5:19, allí hay una expresión de Jesús que lo aclara: “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre”. Ese principio de Cristo es sencillo, profundo y claro.

Con eso Jesús dice que no hace nada que no ve hacer al Padre. Es al Padre a quien consulta, es su procedimiento que Cristo imita, es la visión de él que Jesús busca contemplar, y el Padre es el modelo de comprensión de la vida y sus procedimientos.

Indica que interpreta el mundo a partir de lo que él ve en Dios. Para Jesús, hay una consulta al Padre antes de cualquier acción en la Tierra.

Alguien puede pensar que actuar así es estar limitado, y yo no tengo dudas de que lo es. Sin embargo, para personajes ciegos, sordos y perdidos, como todos nosotros en esta existencia, una indicación de la dirección es la mejor bendición que podemos poseer. ¿Cuántos ciegos no preferirían la limitación de una conducción estricta, cuando el camino es al lado de un precipicio? Porque aunque yo tenga conocimiento en esta Tierra y acumule méritos, jamás sabré todo, jamás abarcaré el conocimiento completo sobre la vida.

Hasta porque la vida tiene tres características que obstaculizan su dominio sobre ella: Es lineal, aleatoria e ininterrumpida. Es imposible prever todos los acontecimientos de la vida. Nunca sabemos cuándo caerá un avión, un rayo, un contratiempo, un accidente, una buena noticia, o cualquier otra cosa que sucederá. Son muchas variantes y ninguna ecuación matemática podrá prever todo, por lo tanto, la vida es aleatoria.

La vida para el que vive no se detiene, es constante hacia delante, su reloj no hace pausas. Si usted quiere no hacer nada, la vida aun así continuará pasando. Nadie puede detenerla, no hay tregua, ni impedimento, su tiempo no tiene interrupciones. Aunque la vida puede ser interrumpida por la muerte, la “vida” en sí corre como un río sin fin, sin hacer alguna parada. Quien está vivo, no para, aunque lo intente, el cuerpo permanece inmóvil (aparentemente), pero está en constante movimiento y avanza en el tiempo.

Por lo tanto, la propia vida exige que yo tome decisiones todo el tiempo, incluso sin tener todas las informaciones necesarias, aun sin entregar todo el conocimiento para luchar con ella, aun sin la imposibilidad de prever el fututo (porque este todavía no existe y se forma por una combinación infinita de variables), la vida exige de mí que yo continúe “yendo”. La linealidad de la vida es siempre progresiva, lo hecho está irremediablemente hecho y habita en el pasado intocable, la única cosa que tenemos por controlar es el ahora. Por estas razones, “limitarse” a seguir las acciones de Dios es, en verdad, liberarse de la pura casualidad, es dar el tiro certero.

Jesús dice que sin el conocimiento de Dios, no hay actitud o puesta en acción. Que ir en busca del Padre precede a la búsqueda del conocimiento humano, de la razón y de la experiencia. Dice que el mundo se descubre a partir de lo que aprendemos en Dios. Yo solo salgo a explorar el mundo después que ya exploré el mundo de Dios. Esta es la norma de mi pensamiento, yo no busco el mundo y después busco al Señor, es lo contrario, es desde Dios hacia el mundo.

Una fe que va de lo material a lo espiritual, generalmente es carnal, falsa y pagana. Ese orden de cosas hace que mis necesidades existan antes que mi deseo de servir y adorar a Dios. Por eso, a través de ese punto de vista, yo busco a Dios para que él me sacie, me responda, me cure, me conceda ganancias, me bendiga, me eleve… El “yo” viene primero en esa ecuación. Es intentar arrastrar a un Dios, que es Espíritu, a una realidad material. La vida de Cristo y la propuesta del reino es que salgamos del mundo espiritual con la visión correcta de la vida material. En la prioridad del pensamiento cristiano, el Espíritu se sobrepone a la carne. Por eso Cristo enseña: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33). Tenga en cuenta que el reino y la justicia son espirituales, pero las “cosas” son materiales.

Dios actúa

¿Entonces hay que vivir actuando como actúa Dios?

Jesús no intentaba tener planes para así mismo. Ser cristiano es entender ese nivel de existencia.

Por otro lado, algunos invocan ese concepto y no toman más decisiones, colocan todo en la cuenta de Dios. Entienda bien, no es eso lo que Jesús promueve. No es dejar de decidir y permitir que el poder divino realice una administración de la vida, dejando a un lado la responsabilidad de elegir. ¡No! Es tomar la decisión de imitar al Padre siempre. “Hacer solo lo que se vio hacer al Padre”. Frente a una decisión de la vida, yo elijo en base a lo que vi de mi Dios. Eso es libertad, no una libertad irresponsable, sino dirigida por lo que es bueno y es amor, Dios.

Aun así, es mi elección. Esa es una decisión responsable y exigente de mi parte. No es fácil obrar de esa manera siempre, mi YO habla muy fuerte y está todo el tiempo intentando sabotearme. Decidir buscar primero a Dios como modelo de mi visión y accionar es la decisión personal individual más importante que puedo tomar. Mi decisión.

Imagine que su vida fuese un sorteo diario (aleatorio, como de hecho es); cada día usted se despierta y tiene que elegir entre cinco puertas para salir de casa. Una es la puerta correcta, las otras son las puertas que harán de su día una miseria inútil. A veces el camino a una puerta es florido, a veces está lleno de lodo, a veces tiene espinas y a veces tiene abismos para superar, pero de cualquier manera, nunca se sabe si la puerta correcta es la puerta de las flores o la de las espinas.

La decisión es suya, nadie puede tomarla por usted, pero se trata de un sorteo, no sabemos lo que tiene el otro lado de cada puerta. Todo el día es la misma cosa, pero las condiciones del camino y lo que está por detrás de cada puerta cambia siempre. Sin embargo, si existiera un número telefónico que cuando se disca informara sin errores cuál es la puerta correcta. ¿Usted discaría ese número? ¿Lo consultaría antes de tomar una decisión? ¿Y después que acertase la puerta correcta por haber hecho esa llamada telefónica, usted tendría coraje de despertarse en los próximos días y arriesgar la puerta correcta sin consultar el teléfono? ¿Tiene sentido arriesgar con la respuesta a su alcance?

Por todo esto, la vida buena (no la buena vida) es la que está en el camino correcto, es la que permite, inclusive, que Dios la planifique. Es la que todos los días busca a Dios y su actuación para que el mundo sea descubierto por su paradigma. Que enfrenta el mundo y su aleatoriedad confiando que hacer lo que Dios hace es siempre lo mejor, aunque no lo parezca. Es una vida sencilla, porque se resume en un solo modelo, hacer lo que Dios hace.

“Tan completamente había anonadado Cristo al yo que no hacía planes por sí mismo. Aceptaba los planes de Dios para él, y día tras día el Padre se los revelaba. De tal manera debemos depender de Dios que nuestra vida sea el simple desarrollo de su voluntad” (El deseado de todas las gentes, p. 178). Esa es la sencillez.

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