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Diego Barreto

Diego Barreto

El Reino

Vivir ya el Reino de Dios mientras él todavía no volvió. Una mirada cristiana al mundo contemporáneo.

Serie discípulos: Capítulo 1 – Conversión

La palabra conversión se refiere a un cambio completo de dirección. Cuando aprendemos a conducir, pronto aprendemos que conversión es cambiar a la dirección contraria. Es más que cambiar de camino, más que dar un giro a la derecha o a la izquierda, literalmente es cambiar la dirección hacia el lado opuesto. Ese es un giro tan importante que toda la perspectiva de la vida cambia, lo que estaba a su derecha ahora se encuentra a su izquierda, y lo que estaba a la izquierda ahora está posicionado a la derecha. El frente giró a la retaguardia, y usted ya entendió la idea.

Exactamente por ser un cambio tan radical la conversión no es simplemente lo que la mayoría de nosotros cree que es. Algunos creen que la conversión es formar parte de una iglesia, asumir una creencia nueva o adoptar comportamientos nuevos. Sucede que “conversión” es algo que ocurre en la mente y que afecta toda la vida. Es un cambio desequilibrador de nuestra visión del mundo. Adoptar comportamientos nuevos, reglas, o una fe nueva, manteniendo la misma lectura y visión del mundo no es ni nunca lo fue una conversión. La conversión cuestiona todo y revierte muchas cosas. Nuestras creencias más fundamentales, aprendidas en la escuela y enseñadas por nuestros padres o el ambiente en que crecimos son totalmente cuestionadas y sufren escrutinios profundos de esa visión nueva del mundo.

Parece radical dejar su empleo que, en el caso de los discípulos, era más que un empleo, era una tradición, un oficio familiar, una función social y mucho más, solo para seguir a Jesús. Y no solo parece, sino que es así, muy radical, es una señal externa de esa conversión interna que se iniciaba en aquellos hombres. Que siempre será profunda y transformará para siempre nuestra manera de ver la vida. No son por acaso las palabras de Romanos 12:2 donde se nos solicita una transformación que solo ocurre con la renovación de nuestra mente. La renovación de la mente.

Por lo tanto, un cambio de cosmovisión como este del que estamos hablando no puede ocurrir de manera formal, no se produce con una simple clase de estudios, ni en un estudio sistemático de las doctrinas un cierto número de veces por semana o por mes. Vea cómo Cristo hizo con sus discípulos: “Y estableció a doce, para que estuviesen con él”  (Mar. 3:14). Usted no encuentra a Jesús dando clases de teología, encuentra a Jesús enseñando con su propia vida en la medida que convive con ellos.

Claro que eso requiere mucho más esfuerzo, claro que toma más tiempo y exige estar mucho más involucrado. Pero solo la amistad y el contexto pueden ayudar a alguien a cambiar verdaderamente su manera de comprender la vida. Es viendo la visión del mundo del otro que transformamos la nuestra.

Comprender eso puede cambiar completamente la manera como entendemos nuestra conversión y la de otros. Para mí eso indica que conformarme exteriormente con la fe no resuelve nada. Indica que Cristo es la transformación completa y absoluta de mis conceptos más primitivos, personales y, que muchas veces, son conceptos que cargo como seguridades. Entender eso me dice que preciso ser otro, completamente otro, después de comenzar a seguir a Cristo.

Me ayuda también a entender cómo llevar a Cristo a los demás. No se trata de tener relaciones funcionales y superficiales. No se trata de acercarse a las personas con segundas intenciones, deseando “convertirlas” a mi religión y después darles la espalda. Significa que una integración completa, verdadera y costosa, desde el punto de vista personal, es lo único capaz de dar a la persona subsidios reales, mucho más de las doctrinas racionales, para que ella cambie su visión del mundo como yo también cambié. Por eso Pablo dice: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Cor. 11:1). No existe discipulado sin amistad.

Solo amigos insertados en un mismo contexto pueden hacer cambios de cosmovisión. Es imposible que alguien que haya vivido y desarrollado tanto tiempo una cosmovisión de vida, por ejemplo, superficial, sea capaz de cambiar su paradigma por medio de un “encuentro con la verdad” de manera puramente racional. Esa persona necesita de alguien que la conduzca desde el punto donde está al punto donde necesita ir; solo  puede hacer ese camino alguien que ya lo hizo o conoce por dentro ese modo de pensar.

Hay otra cosa que puede cambiar a alguien de una cosmovisión a otra, un acontecimiento drástico y profundo, normalmente incluyendo mucho sufrimiento. La amistad cristiana y la participación dedicada, amorosa y real puede sustituir con mucho más eficiencia la capacidad didáctica del sufrimiento.

PD: En los próximos meses voy a continuar ese asunto escribiendo cómo podemos ser más eficientes en provocar esas conversiones en nuestro tiempo… Un abrazo.

 

 

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