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Diego Barreto

Diego Barreto

El Reino

Vivir ya el Reino de Dios mientras él todavía no volvió. Una mirada cristiana al mundo contemporáneo.

Fe genérica

Foto: Shutterstock

Después de tantos años de cristianismo en el mundo y de haber nacido ya siguiendo prácticas que vamos considerando comunes se hace necesario repensar algunas cosas. El hábito, muchas veces, anula la acción consistente. Entonces, es importante que tomemos consciencia de algunos de nuestros hábitos.

Existe un peligro muy grande de que la religiosidad se haga genérica. Lo explico: cuando su función en el mundo deja de ser específica y se vuelve una sopa diluida en muchas cosas, todas las cosas, y se olvida su papel principal. Dios nos llamó a su reino, y en él tenemos funciones específicas que ejercer. Por medio de la Palabra, entendemos que el reino de Dios es un cuerpo, y somos miembros de él. Cada uno con su función específica (Efesios 4:2-12, 1 Corintios 12:4-11, Romanos 12). No fuimos hechos todos iguales y tampoco para hacer las mismas cosas, y en esa pluralidad, donde cada uno ejerce su función específica, somos uno solo, el cuerpo de Cristo. “Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios” (1 Pedro 4:10). “…para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia […]” (Efesios 3:10).

¿Nota el término multiforme? Lo que la Biblia dice en Efesios es que la sabiduría de Dios asume formas múltiples y eso se manifiesta en la iglesia. Y el texto de Pedro nos informa que esa sabiduría múltiple de Dios se manifiesta en la iglesia con la distribución de dones que hace de cada uno de nosotros un operario específico del reino de Dios. Siervos que sirven unos a otros; cada uno contribuye con lo que tiene o recibió para la vida de quien no tiene. Y al usar el don específico que recibimos ejercemos nuestro propósito de vida en el reino de Dios.

Perciba también que toda esa diversidad converge en una unidad: la iglesia o el cuerpo. Somos diferentes y con dones específicos, pero nuestros “servicios” y habilidades están todos destinados a formar un solo cuerpo, que se mueve en una sola dirección con una armonía orquestal. En otras palabras, lo específico que hay en mí y en mi don no es para que yo me destaque de los demás, sino para que me relacione con los demás y encuentre sentido en lo que hago con el otro para el reino. Un solo reino. Mi don no es para que yo me sea independiente o actúe como un agente autónomo del evangelio, sino para que integre con los otros “la edificación del cuerpo”. Y ese cuerpo también es muy específico, es el cuerpo de Cristo.

Un solo propósito

Por todo esto, somos llamados a ser lo que Dios específicamente nos llamó a ser, para un objetivo específico de formar su reino. El propósito es uno solo, aunque las formas sean múltiples. Una multiplicidad que se completa y no que excluye. No hay nada genérico en el reino de Dios porque las funciones y objetivos son específicos.

¿Se detuvo a pensar cuán genéricas pueden ser las acciones de la iglesia? ¿O cuánto nos hemos empeñado en innumerables realizaciones, con cualquier propósito, que no nos llevan al crecimiento verdadero? Gracias a Dios no es así en todo lugar, pero infelizmente, en la mayoría de los lugares religiosos lo que encontramos son acciones genéricas. Cultos, eventos, shows, actividades y esfuerzos sin ningún propósito. Hacer solo por hacer. Programaciones cuya única razón de existir es la programación en sí.

Y puede ser que en la multiplicidad de dones la gente pierda de vista el blanco, y cada uno se dedique a enfatizar “el suyo propio”. Ahí la iglesia se divide en departamentos que están todos “tirando de la cuerda para su propio lado”. La iglesia, en vez de ser una fuerza centrípeta, en donde todos giran alrededor de Cristo, se convierte una fuerza centrífuga, donde todos se dispersan hacia sus propios intereses. Y así, uno comienza a considerarse más valioso que el otro. Quien predica valora más el sermón que la canción, quien trabaja con los pobres, se cree más importante que quien arregla la iglesia, quien hace evangelismo de más valor que el que enseña a los hermanos y así por delante. Nos separamos en nuestras diferencias en vez de unirnos, y eso hace de la iglesia un lugar genérico.

Esta se conduce como si no tuviera un propósito específico, sino como si estuviera llena de propósitos distintos. Los cultos se vuelven todos genéricos, la música también, las acciones y las programaciones están todas desconectadas y la iglesia queda inundada de fechas diferentes para cumplir que no están llevando al “cuerpo” a ningún lugar. A ninguno.

Voy a hacer aquí una confesión pública. Me llaman para predicar en varios lugares, y muchas veces me frustro al recibir la invitación. Sucede que la gran mayoría de las veces pregunto por qué me están invitando. Espero oír un motivo por el cual mi presencia será relevante. Pero, en la desesperada mayoría de las veces, no escucho razones como “porque estamos decididos a enseñar a los jóvenes a sentir gusto por leer la Biblia” o “porque necesitamos que nos hable sobre aquel tema específico que sabemos que usted puede contribuir”. ¡No! La mayoría de la veces escucho: “Porque queremos hacer un buen programa (forma), dinámico (forma), animado (forma), que se llene de personas (blanco)”. Una iglesia preocupada con formas de programación antes que con el objetivo final está afectada de la enfermedad de la fe genérica. Los cultos son cualquier cosa, el contenido es cualquier cosa, la transformación puede ser una cualquiera, con tal que tenga una apariencia buena y atractiva, un formato arrebatador. Cuando el objetivo cede el espacio a la forma, la forma puede echar todo a perder.

¿Y cuando el blanco es genérico? ¿Y si todo lo que queremos es tener público? Pero, ¿de qué sirve una multitud que no puede ser transformada? ¿De qué sirve conducir una multitud hacia ningún lugar? El blanco del reino de Dios es la transformación de vidas y no un auditorio lleno.

A veces insisto en preguntar: “Pero, ¿de qué quieren que hable?” Y escucho la terrible respuesta: “Es libre pastor, predique lo que quiera”. Poder elegir de qué predicar es siempre bueno para el predicador, pero el predicador está llamado a hacer lo que es bueno para la iglesia. ¿Y cómo sabrá el predicador qué necesidades atender en un lugar desconocido? Muchos esperan que el Espíritu Santo le ordene al predicador lo que tiene que decir, pero las cosas no funcionan así. Delegamos al Espíritu Santo responsabilidades que son nuestras responsabilidades. Cabe a los líderes de cada iglesia descubrir las necesidades de su iglesia y conducirla al objetivo. Sobre esto Elena de White dijo: “Su trabajo es demasiado general y con frecuencia muy disperso” (Testimonios para la Iglesia, t. 1, p. 381). El púlpito se cede a cualquiera con cualquier mensaje, los cultos se vuelven dispersos y genéricos. En el intento de llegar a todos los lugares, no se llega a ningún lugar. Por eso en la mayoría de esos casos rechazo ese tipo de invitación, y cuando no logro escapar de esa trampa, continúo sin motivación, rogando en oración para que Dios me ayude a ser útil en un lugar que ni sabe a dónde va o lo que necesita.

“Se necesita Nehemías en la iglesia de nuestros días. No solamente hombres que puedan predicar y orar, sino hombres cuyas oraciones y sermones estén imbuidos de un propósito firme y vehemente” (Servicio cristiano, p. 37). “La iglesia y el mundo necesitan toda la influencia, todos los talentos que Dios nos ha dado. Todo lo que poseemos debe ser empleado para su uso. Al presentar el Evangelio, no haga intervenir sus propias opiniones. Tenemos un mensaje mundial, y el Señor quiere que sus siervos guarden en forma sagrada las creencias que les ha otorgado. Dios ha dado a cada uno su responsabilidad” (Consejos sobre el régimen alimenticio, p. 247).

Una religión genérica es dispersiva. Pasan años, la cantidad de actividades aumentan, los eventos se hacen mayores, los programas más caros, el calendario está saturado y cada uno hace lo que considera mejor, sin una unidad de propósito. Nosotros, como adventistas del séptimo día, tenemos un propósito histórico y profético de existencia en la cristiandad, ¿vivimos para ese propósito o estamos “tirando para todas partes”? Y su iglesia, ¿ha sido una ametralladora que tira sin rumbo? Necesitamos cambiar de una fe genérica a una fe con un foco. Use sus dones para unir la iglesia en torno del propósito que Dios tiene para ustedes.

Cada culto, cada oración, cada programación, cada evento, cada reunión, cada acción es sobre el liderazgo de Cristo con un solo propósito. ¿Cuál es ese propósito? ¿No lo saben?

Nunca lo sabrán mientras no se sienten juntos como iglesia en oración para evaluar cuáles son los dones que Dios les dio y para avanzar unidos con esos dones.

 

 

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