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Diego Barreto

Diego Barreto

El Reino

Vivir ya el Reino de Dios mientras él todavía no volvió. Una mirada cristiana al mundo contemporáneo.

Cuando los verdugos entran en escena

Pedro una vez le preguntó a Cristo sobre aquello que es nuestra mayor dificultad: el perdón. Es muy interesante la premisa de Pedro, al preguntar cuántas veces alguien debería ser perdonado en un único día y al sugerir la cantidad de 7 veces, demostró que creía que el perdón tenía un límite. Es posible que usted, hoy, y muchas otras personas también tengan esta impresión. La respuesta revolucionaria de Jesús fue mucho más que 7 veces en un único día, sino 70 veces 7 (Mat. 18:21-22). Mucho más allá de las 490 veces, lo que Jesús estaba proponiendo de manera didáctica es que no debe haber un límite para el perdón. Pero antes de profundizar en eso, aclaremos qué es el perdón.

La misma palabra ya nos informa su significado más profundo. En portugués los substantivos pueden ser aumentados. Por ejemplo, puedo definir una casa enorme por los sustantivos con aumentativo: casa o caserón. Vaso, vasote. Silla, sillón. ¿Ya entendió a dónde quiero llegar? Exactamente, la palabra perdón es nada más que el substantivo “pérdida” con aumentativo. Eso es el perdón. Una pérdida enorme, una pérdida gigantesca. Todo el mundo que perdona tiene que perder. La palabra en inglés también conlleva esta idea. FORGIVE (unión del verbo “dar” con la preposición “para”) es una indicación de que quien perdona está entregando algo, donando de sí mismo, perdiendo de lo que le es propio. Dar, donar, entregar es nada más que la versión altruista de la palabra pérdida. Nadie dona sin entregar algo propio, sin perder lo que ya había conquistado.

Es todavía más interesante cuando entendemos que nuestra palabra portuguesa tiene origen latino, per + donum, que es nada menos que donar plenamente, donación perfecta.

Usted se puede estar preguntando ahora, ¿qué es lo que yo dono/pierdo/entrego cuando tengo que perdonar a alguien? Para explicar eso de manera bien clara y casi lúdica, Jesús cuenta una parábola que viene enseguida a la respuesta dada a Pedro (Mat. 18:23-35). En esa parábola, que recomiendo su lectura, Jesús cuenta de un rey que tenía un funcionario que debía mucho. La Biblia habla de 10.000 talentos. Para entender el valor de la deuda considere que un talento equivale a 6.000 denarios. Un denario equivale a un día de trabajo. Por lo tanto ese hombre debía 60.000 días de trabajo, lo que daría 164.383 años (redondeando para abajo) trabajando todos los días de la vida sin descanso. ¿Alguna duda de que la deuda era impagable?

En vista de eso, el rey sólo tenía una alternativa: venderlo junto a su familia como esclavos (costumbre de la época), visto que nunca habría pago de tal deuda. El hombre entonces clama por misericordia e implora que el rey no haga eso. Pide tempo y dice que encontrará la forma de pagar la deuda. Esa parte es bastante graciosa. Oí recientemente a un amigo predicando sobre ese tema y él hizo una pregunta que yo nunca había abordado de esa manera. Si la deuda era impagable, ¿cómo el hombre estaba prometiendo encontrar una forma de pagarla? Esa era una propuesta desesperada y una afirmación liviana. La deuda era simplemente impagable.

Sabiendo eso, el rey toma la actitud que la compasión demanda: perdona. ¿Qué está perdiendo aquí el rey? Además de la suma exorbitante que faltará de los cofres reales, él también pierde el derecho de cobrar la deuda, pierde su derecho de ser resarcido, pierde su derecho sobre el otro. Esa es la cuestión principal y más profunda. Perdonar es perder el derecho que tenemos sobre los otros. Cuando alguien nos ofende, nos hostiliza, nos roba, nos humilla, nos difama, o cualquier miseria que usted pueda imaginar, ganamos de la justicia el derecho de actuar sobre ella en represalia proporcional al daño que sufrimos. Cuando digo justicia aquí, no me refiero solamente a las leyes de la sociedad, sino al sentido de justicia. Es extraño, pero cuando alguien nos hace mal se cierne una noción de justicia en el universo que parece informarnos que tenemos un derecho contra aquel que nos injurió. Quedamos imbuidos de esa noción y todos concordarán que tenemos derechos contra aquel que nos hizo víctimas de una injusticia. Lo peor es que eso es tan personal y subjetivo que podemos encontrarnos con derecho sobre algunas personas que no querían herirnos, pero que por accidente, o por un acto de justicia puedan haber actuado para corregirnos. No importa, la solución es la misma siempre: perder.

El rey eligió prescindir de su derecho sobre el otro. Decidió que no haría sobre aquel hombre la justicia que le era digna por compasión, amor, por aquel hombre. El amor hace eso, perdona y releva. Eso no quiere decir que no habrá justicia, porque Dios deja bien claro que la justicia siempre vendrá de él y no de nuestras manos. Pero nosotros tenemos el poder de prescindir de lo que tenemos contra los otros. Perder aquel sentimiento que nos acompaña años, aquel deseo de venganza que nos acostumbramos a alimentar, y a veces perder inclusive bienes. Fue eso lo que hizo el rey.

Me refiero ahora al Rey del Reino de los Cielos. Porque nosotros somos el hombre con una deuda impagable en la parábola. Ninguno de nosotros, humanos, en nuestro pecado, es capaz de pagar la deuda que tiene delante de Dios a no ser que renunciemos a esta vida. Sólo la muerte paga nuestra deuda. El Rey se compadece de nosotros y nos perdona. Prescinde de la justicia que yo merezco recibir, de la cual soy digno y me libera de ella.

Al salir de allí, el siervo perdonado encuentra un hombre que le debía apenas 100 denarios, poco más de tres meses de trabajo y le cobra sin compasión lanzándolo a la prisión. El rey, informado de tal cosa, llama de vuelta al siervo perdonado y lo condena, porque habiendo el rey actuado con misericordia por una deuda impagable, este siervo no hizo lo mismo con aquel que tenía una deuda mucho menor. Somos así, queremos el perdón ilimitado de Dios, pero queremos limitar y mucho lo que somos capaces de DONAR. Actuamos como quien piensa así: Dios puede y debe perdonarnos por todo siempre, pero aquellos que nos ofenden sufrirán la justicia que nos es derecho tan pronto podamos cobrarla. Llegaremos a las últimas consecuencias si fuera preciso, pero no aceptamos la pérdida. Y terminamos perdiendo mucho más. Perdemos la oportunidad de ser justos, porque habiendo sido perdonados mucho más por Dios, nuestros actos de justicia contra nuestros hermanos se hacen injusticia ante nuestra deuda. Perdemos la oportunidad de parecernos al Rey. Perdemos la oportunidad de ser coherentes. Perdemos la oportunidad de mejorar quien somos. Perdemos el tren del altruismo y continuamos embarcados en nuestro egoísmo descontrolado. Y lo peor: seremos lanzados a los verdugos.

Jesús intenta explicar cuánto tenemos que perder al no perder (dejar de perdonar). La parábola es clara en señalar las consecuencias para el que no perdona. Jesús informa que aquellos que no perdonan serán lanzados a los “verdugos”. Palabra de la época para torturadores. Es la forma de Jesús de informar que cuando no perdonamos, cargaremos los sentimientos que nos torturan, nos hacen debilitar, adquirir cánceres y hasta morir de disgusto. Cuando no perdonamos, nos volvemos almas torturadas, en las manos de los verdugos sufrimos, rumiamos y languidecemos en dolor por una propiedad maldita, el derecho sobre el otro, el clamor de la ira, “el veneno que yo tomo esperando que el otro muera” (adagio romano sobre la venganza). Perciba que es el Rey (Dios) que nos lanza a los verdugos. Al final, no hay nada más que se pueda hacer para ayudar a aquel que conociendo el perdón infinito limita su amor. A este, sólo le resta la tortura de odiar. ¡Líbrese de eso! ¡PIERDA! ¡PIERDA TODO! PERDONE. Siempre.

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