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Carlos Nunes

Carlos Nunes

Ética Práctica

Temas relacionados con la ética bajo el punto de vista Cristiano y los dilemas que enfrentan las personas en la vida cotidiana.

El cristiano en el “The Voice”

Un día de estos miré por Internet, en una publicación de amigos míos en las redes sociales, el video de un candidato al premio máximo del reality The Voice Brasil. Una audición que entusiasmó al jurado del programa y terminó danzando junto al aspirante al estrellato del showbiz. Lo interesante del video es el hecho de que el joven es bien conocido entre los jóvenes adventistas por haber participado por varios años de uno de los grupos de alabanza más reconocidos de esa comunidad cristiana.

Fui su contemporáneo por uno o dos años, durante el tiempo cuando estudié Teología. Nunca conversé personalmente con él. Aunque su nombre sea bien conocido, no voy a citarlo por algunos motivos que enumero a continuación: (1) Parece claro que su participación en el reality presupone haber dejado la Iglesia Adventista. (2) No me cabe juzgar sus motivos porque, primero, no los conozco, y segundo, el corazón es jurisdicción exclusiva de Dios. (3) Mi artículo no trata exclusiva y personalmente de él, sino lo toma de base para una reflexión que, según creo, puede y debe ser más profunda.

Sea como haya sido su distanciamiento de la Iglesia, su comportamiento ilustra bien su argumento. Al observar su desenvoltura corporal y la familiaridad con que incorpora el ritmo, me pongo a pensar qué fácil es asumir esa identidad, haya él “nacido” o no en la Iglesia, como se suele decir. Y me tomo la libertad, y/o hasta el atrevimiento, de afirmar que esa no es una identidad asumida, sino una identidad tan solo oculta en una redoma, una burbuja, en casi un chaleco de fuerza que impone un modelo de cristianismo que no logra romper el eslabón, lo que Juan tan sabiamente advirtió escribiendo en su primera epístola: “Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (1Juan 2:15,16).

Hoy en día, con tamaño bombardeo de Internet y de las redes sociales es imposible imaginar que un joven no beba de esa fuente criticada por Juan. Pero, también antes era así. Basta recordar que no es necesario hacer ningún esfuerzo para hacer el dicho “mal”, ni preguntar… basta hacer. La ciencia de lo incorrecto es innata, nació con nosotros y está bien expresada en las palabras autobiográficas del “hombre según el corazón de Dios”, cuando afirma: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”. (Sal.51:5). Al paso que para ser una criatura nueva uno tiene que, necesariamente, ser desintoxicado, desinfectado y pasar por una asepsia de valores y conducta.

Por eso digo que el joven no aprendió a ser tan igual a “ellos” en el escenario de The Voice. Él y nosotros, siempre fuimos y somos, de alguna manera, uno de ellos o uno con ellos. Y asumo el riesgo de esa afirmación porque veo en la Iglesia real, la que está más allá de los tweets, la fuerza con que muchos de nosotros intentamos mantener la vida en el sendero de Cristo. No es de admirar que los jóvenes de hoy entiendan el adventismo tan solo como abandonar las carnes llamadas inmundas o luchar por mantenerse fiel al sábado absteniéndose de trabajar y estudiar en el día santo y tratando de estar presente en los cultos, muchas veces solo de cuerpo físico. Pero, ¿será que ese es el alcance del cristianismo defendido por Pablo entre otros tantos?

No es de admirar que después de cumplidas esas disciplinas sabáticas, los jóvenes terminen el día de Dios en el cine con el grupo de la Iglesia. No es de admirar que después de luchar por conseguir un puesto en el empleo de sus sueños, la propuesta de trabajo en el día santo ya no sea tan resistida como debería serlo. No es de admirar que, la ropa, la manera de hablar, el estilo de vida, la comida y las amistades sean tan similares al estilo condenado por el cristianismo real. No es de admirar que algunos de ellos inclusive sean adeptos a las llamadas cervezas sin alcohol. Todo, casi todo, en una tentativa de despojar al pecado de la pecaminosidad que le es inherente. Algo como decía jocosamente un antiguo profesor: “Un día van a crear un puerco ‘desporquizado’”.

“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree […]” (Rom. 1:16). Cuando leo esa primera parte de la afirmación de Pablo, pienso que el “poder” está desmerecido en su capacidad. Hay tres palabras griegas para “poder”, usadas por Pablo: exousia, dinamis y kratos. La que aparece en ese versículo tiene que ver con “fuerza que es generada u originada” por Dios en Cristo, ¡la buena nueva del evangelio!

Cuando yo desisto de apropiarme de ese poder me convierto en pieza fácil de la naturaleza intrínseca que estaba allí, controlada, medicada por las dosis de cristianismo que a duras penas yo mismo me imponía. Cuando me aparto de la fuente, permito que brote la persona que aflora sin esfuerzo, sin disciplina eclesiástica y, muchas veces, sin límites.

De las otras dos palabras, exousia tiene que ver con autoridad, y kratos, con fuerza, potencia. Las tres dimensiones de la palabra “poder” enseñan que no está en nosotros la capacidad y que esa naturaleza necesita ser revestida de Cristo, como lo expresó Pablo en su carta a los Gálatas. Cuando pienso en la justificación por la fe, entiendo que el Dios del universo aceptó que su Hijo asumiera nuestra naturaleza. Y cuando él ve que uno de nosotros por aquí, observa a su Hijo, su justicia, su impecabilidad, y por detrás persiste el yo pecador que solo será erradicado para siempre en la segunda venida de Cristo. Es lo que está expresado una vez más por el apóstol en 2 Corintios 5:21, esto es un cambio. La justicia de él a cambio de nuestros trapos de inmundicia, mencionando las palabras del profeta Isaías…

Es triste notar que el joven y su número artístico no nacieron de la apostasía o distanciamiento de la Iglesia. Él estaba allí mismo dentro de la Iglesia, los sábados y cada culto, inclusive, ¡entregaba su talento en alabanza a Dios!

Lo que había, y no nos equivocamos al imaginar, es que la simple disciplina eclesiástica del sábado, de la Iglesia, del culto, de la alabanza, en el fondo, estaban representando un intento de mantener inerte o deshabilitado un estado de espíritu, una naturaleza latente que las acciones exteriores nunca podrán transformar con eficiencia.

El joven sabe del mundo y de sus concupiscencias, no porque se alimenta de Internet o de las redes sociales para saberlo. Es claro que eso aumenta el deseo, porque la misma Escritura declara que es por la contemplación que somos transformados. Pero es más, porque nosotros estamos infectados en la corriente sanguínea con el virus del pecado, que es la mancha de leopardo o la piel del etíope, en figuras usadas por Jeremías, otro de los profetas. No podemos cambiar si Cristo no toma nuestra vida al punto de llegar a experimentar lo que Pablo declaró una vez más: “[…] ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”. (Gál.2:20).

Pienso que antes de crucificar a ese o aquel joven, deberíamos pasar por esa transformación. La metamorfosis que Pablo afirmó en Romanos 12:1-2. Sin esa dimensión es imposible agradar a Dios viviendo por la fe en el Hijo. El reality show brasileño que muestra a un joven que “fue” de la Iglesia nunca fue tan real, pues nos dio la clara demostración de que nuestro cristianismo necesita ser diferente. Yo quisiera que, sin que se sintiera invadido o prejuzgado, este texto le dijera algo al corazón a ese aspirante al estrellato del showbiz…¡Ah, cómo quisiera…!

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